Epístola dirigida al emperador bizantino Juan Comneno, llamado Maurojuán por el color oscuro de su piel y de sus cabellos. Es uno de los escritos más largos de Prodromo y también el más importante, tanto por los informes que da acerca del poeta, como por la vivacidad y habilidad con que fue compuesto, cualidades más destacadas aquí que en otros poemas de Prodromo. Esta sátira contra la mujer, en la que aparecen rasgos que nos hacen pensar en la comedia, tiene un matiz de inmediata realidad y, en su lenguaje vulgar, vivo y sencillo, tratado con gran habilidad y gusto, es la directa expresión de aquel artista siempre hambriento e insaciable, pero también hombre culto y sincero poeta, que fue Teodoro Prodromo.
Una grave enfermedad aflige al poeta; no un mal físico, sino una mujer trapacera y violenta, hasta tal punto que, después de cada pelea, lo manda echar a la calle por los criados. Ella se queja continuamente: de la falta de vestidos, de las privaciones que padece, de los pocos cuidados de su marido, de su noble origen que, desgraciadamente, no le impidió casarse con un pordiosero, del trabajo demasiado fatigoso de la casa, y de la falta de respeto de la servidumbre que honra tan sólo al dueño. Un día, furiosa al verle regresar de un paseo, le echa a la calle después de una riña durante la cual Prodromo no le propina una paliza soberana solamente porque sabe que ella es más fuerte que él. Por fin consigue entrar a escondidas en su casa; siente despertar los estímulos del hambre, pero la terrible mujer ha encerrado los víveres y sólo gracias al alboroto provocado por la caída de uno de sus hijos, Prodromo consigue encontrar la llave del armario y matar el hambre. Luego huye y al día siguiente, estando en la calle, ve a su mujer preparando la comida para la familia.
Pensando en que un mendigo sería acogido mejor que él mismo, se disfraza con un traje eslavo y en este idioma pide limosna. La mujer le recibe y le hace sentar ante la mesa: con lo que también esta vez el desgraciado logra saciarse. Como de costumbre, la epístola termina pidiendo una ayuda que sirva para calmar a la insoportable mujer. Los caracteres de los personajes resultan muy vivos; vemos al caprichoso poeta, medio fracasado en la vida, tímido por naturaleza y ya anciano; a la mujer, suspicaz y violenta, que explota a más no poder la falta de carácter de su marido. Todo ello es representado con una agudeza popular que roza el drama en su sonrisa irónica y amarga y que hace pensar en ciertos rasgos de la más intensa poesía popular de los siglos XIII y XIV en Italia y en Francia.
A. Agnelli

