En Ruta, Joris-Karl Huysmans

[En route]. Novela del escritor francés publicada en 1895 y seguida de la Catedral (v.) y del Oblato (v.). En un escritor cincuentón, Durtal, personifica Huysmans su vida espiritual de convertido al catolicismo y, al mismo tiempo, de hombre turba­do por los bienes y los males del mundo; el personaje confiesa su inquieta admiración por la Edad Media y por las antiguas cate­drales, pero se da cuenta de que no le es fácil separarse de la sociedad para entregarse a la religión. Como no puede perma­necer en el justo medio, Durtal trata de pasar a los extremos, y quiere valorizar su adhesión espiritual a la fe con algún acto decisivo, tal como hacerse monje.

Por otra parte, ya admiraba a la religión, hasta cuan­do no creía en Dios y en los dogmas, por­que, como artista, sentía devoción por las creaciones del medioevo y, particularmen­te, por las solemnes y austeras construccio­nes de la comunidad y por los cuadros de los pintores de santos y de madonas. Todo ello le da ocasión para meditar sobre la ne­cesidad de una nueva vida; así es que, por consejo de un amigo, el abate Egresan, quiere resolver sus «conflictos interiores» entrando en un convento y observando de cerca la vida de los religiosos más severos. Escoge, pues, la Trapa de Nuestra Señora del Arte (en la que el autor representa la de Vigny en el Marne) y se extiende descri­biendo las costumbres de los monjes bene­dictinos, los ritos, los cantos, las bellezas de la catedral, la piedad de los habitantes de los contornos y la continua dedicación a una luz que conquista, por su pureza, incluso cuando no desaparecen por com­pleto las inquietudes y tormentos.

El con­tacto con un hermano. Simeón, el porque­rizo del convento, humilde y puro en su ingenuidad (hace pensar este hermano en Fray Junípero de las Florecillas de San Francisco v.) convence a Durtal de que la religión está hecha de sencillez y simpli­cidad; si él es, un irresoluto, se debe a la antigua voz de la vida que le inspira no ceder a la fe hasta el punto de abandonar el mundo como trapense. La obra es, más que nada, un pretexto para amplias des­cripciones de la vida conventual con todo su tradicional esplendor, y pone de mani­fiesto, una vez más, la riqueza descriptiva de Huysmans, que raramente se concreta en una potencia artística efectiva, sino que, por el contrario, se presenta al lector como una verbosa superestructura de la vida de los personajes. Por lo demás, Durtal, como puede verse en las restantes obras de la trilogía, no presenta complejidades que me­rezcan ser desarrolladas, ni por la conver­sión, ni por sus contrastes psicológicos de hombre y de artista.

C. Cordié