Elena, Cynewulf

[Helene], Obra del poeta anglo­sajón (segunda mitad del si­glo VIII), considerada su obra maestra y contenida en un códice que se encuentra en la biblioteca capitular de Vercelli (Vercelli Book). Es un poema de 1.321 versos, divididos en catorce cantos o «fitts» que, siguiendo las normas de las Actas de los Santos (v.) y de la Leyenda áurea (v.) de Jacobo de Varazze, narra la leyenda, que el autor refunde y cambia libremente, del descubrimiento de la verdadera cruz por parte de Elena, madre del Emperador Cons­tantino. Mientras los hunos se disponen a lanzarse contra él> Constantino ve en sue­ños una cruz que ondea en el cielo con la divisa «in hoc signo vinces»: combate y vence y su conversión se transforma en el punto de partida de la adoración de la cruz que, primero símbolo de ignominia, se convierte ahora en señal de triunfo y de gloria.

Mientras Constantino estudia las San­tas Escrituras, Elena marcha hacia Jerusalén en busca del precioso leño; pero ha de luchar con los judíos que, por conse­jo de Judas, quisieran mantener escondido el lugar donde se encuentra; pero al final Judas detenido, se arrepiente, declara que Jesús ha muerto para la redención del mundo, se convierte y es bautizado con el nombre de Ciríaco y nombrado obispo de Jerusalén; con gran indignación de Sata­nás se encuentran las tres cruces y un mi­lagro revela cuál es la verdadera. Con el precioso trofeo Elena vuelve al fin junto a Constantino. Cynewulf vivió durante la con­troversia iconoclasta que hubo entre los años 726 y el 842, y el nacimiento de la poesía de la cruz en Inglaterra fue considerado el primer fruto del impulso dado a su culto por la condena de todos los demás símbo­los.

El poema está escrito en un estilo sen­cillo y dramático, con hermosísimos pasa­jes fantásticos y descriptivos: la pompa y el horror de la guerra, el brillo de las joyas, la alegría de las naves danzando sobre las olas dan vida y color a un relato llevado de un propósito profundo y casi austero. El canto XV, superfluo desde el punto de vista del relato, es en cambio precioso como documento sobre la persona­lidad del autor, pues no sólo contiene su firma en caracteres rúnicos, sino que ¿s un «fragmento de una gran confesión» que nos revela el estado de ánimo de un hombre que encontró en la cruz su salvación.

A. Prospero Marchesini