Elegías de Tibulo

[Elegiarum libri]. Figuran bajo este título cuatro libros, de los cuales, tan sólo dos son realmente de Albio Tibulo (589-18? a. de C.), titulados con los nombres de dos mujeres que amó. El primer libro («Delia») fue compuesto entre los años 30 y 25 y contiene diez elegías, que fueron publicadas por el mismo autor; el segundo, («Némesis») está formado por seis elegías publicadas postumamente. El tercero y el cuarto son recopilaciones de autores diversos. Los libros tibulianos refle­jan la biografía del poeta, que perteneció a una familia de caballeros que gozaban de buena posición.

Sus relaciones con Mésala Corvino no tenían, como los de Vir­gilio, y Horacio carácter de mecenazgo, si­no que se desenvolvían en el plan de la amistad. Alma cándida y sentimental, aman­te de la paz y de la simplicidad campestre y no de las armas, Tibulo, en su calidad de caballero, estaba obligado al servicio mi­litar; quizás allí conoció a Mésala y encon­tró a otros amigos, poetas y lectores de poesías. Su grupo tuvo menor importancia que el de Mecenas, pero en cambio estaba unido por una más íntima familiaridad. Tibulo siguió a Mésala en algunas de sus lejanas expediciones militares, a Aquitania y Oriente. Apuesto y gentil, Tibulo tenía éxito con las mujeres y el amor ocupa un lugar muy importante en su vida y sus versos. La décima elegía del primer libro es un himno a la paz, la segunda una feli­citación a Mésala con ocasión de su cumple­años, el cual, al coincidir con la victoria obtenida por aquél sobre los aquitanos, da ocasión a Tibulo para recordar tan se­ñalado triunfo; la cuarta,, octava y nove­na se refieren al amor del poeta por el efebo Marato.

Las otras cinco (I, III, V, VI y VII) constituyen el núcleo del libro, for­mando una serie en que se narran los amo­res del poeta con Delia. Esta buena mucha­cha, que llevaba el nombre ordinario de Plania y fue rebautizada por Tibulo con el nombre griego de Delia, correspondió sin­ceramente al amor del poeta y le perma­neció fiel hasta que, conquistada por el dinero de un anciano rico, se casó con éste. Tibulo enamorado y celoso, intentó frus­trar los derechos de su despreciado rival, pero luego, olvidando a Delia, entregó su corazón a «Némesis», muchacha ávida de dinero pero no de versos. Y el desventurado poeta se lamenta de ello en la tercera, cuarta y sexta elegías del segundo libro. La quinta es un elogio de Mesalino, hijo de Mésala; la primera es una conmovedora descripción de los Ambarvales, y la se­gunda está dedicada al cumpleaños de Cornuto, el Cerinto amado por la poetisa Sul- picia.

Los dos últimos libros tibulianos se conservaron largo tiempo en casa de Mesa- la y no vieron la luz hasta más tarde. Los autores que vivieron en el cenáculo de Mésala, cuyo jefe de escuela fue Tibulo son muy jóvenes, casi principiantes. Se reco­nocen en la recopilación por lo menos tres poetas: Ligdamo, Sulpicia y el autor del Panegírico de Mésala, que, al parecer, aca­baba de dejar los bancos de la escuela y cuya retórica, excesivamente aduladora, destinada sólo a obtener socorros pecunia­rios, se expresa inhábilmente en largas ti­radas mitológicas, geográficas y militares. En cambio Sulpicia, sobrina de Mésala, que amó al joven Cornuto, a quien designa con el nombre griego de Cerinto, confió a seis breves billetes su ardorosa pasión: poesías como éstas no estaban destinadas al pú­blico; tan viva es su sinceridad y tan ar­diente el puro sentimiento que revelan. Ce­rinto no puede, por su condición social, aspirar a la mano de Sulpicia, pero ella le descubre su amor, su alegría por sentirse correspondida y le dice que no le importa la maledicencia.

Alguna vez Sulpicia se queja de celos, y otras lamenta el forzoso alejamiento de su amado. En su última carta se arrepiente de no haberle demos­trado todo su amor en la noche anterior, y declara no haber cometido en toda su juven­tud una mayor necedad. Otro poeta tibuliano es Ligdamo, que canta su amor por Neera, pero se pierde en rodeos retóricos y carece de sentimiento auténtico en con­traste con la escuela de Tibulo, del cual son características la espontaneidad y la sinceridad. La más pura expresión de la escuela tibuliana se encuentra en la elegía libre de toda erudición mitológica y litera­ria; el diverso valor lírico de los poetas no menoscaba la bondad de los principios poéticos de su maestro, que en la vida, como en las obras, anticipa una forma de lenguaje nostálgico muy afín al erotismo de los poetas románticos franceses.

F. Della Corte

Entre los poetas que ilustraron el imperio de Augusto, Tibulo figura en el reduci­do número de los que, por fortuna extran­jeros a la erudición alejandrina y enamora­dos de la vida del campo, y por lo tanto sensibles y sencillos, encontraron la inspi­ración en sí mismos. (A. Humboldt)

Alma de joven, quizás demasiado pron­to, dueña de sí, embriagada por el ideal del campo como por el olor del heno fresco.(Carducci)