El Viaje de Novios, Emilia Pardo Bazán

Novela de la es­critora española Emilia Pardo Bazán (1851- 1921). De 1881 es esta novela, la segunda, de doña Emilia. Realista, amena, sonriente. Los personajes principales son el padre, la novia, el novio y el viajero desconocido.

Las demás figuras, tan perfectamente estu­diadas como aquéllas, son de mano maestra. Un honrado tendero leonés, cuya fortuna le permite dedicarse íntegramente a su hija, Lucía, para la cual vive en exclusiva, pues la esposa murió pronto, se empeña ingenua­mente en casar a la joven cita con un hom­bre de elevada posición social. El preten­diente escogido (que se acercó al señor Joa­quín, intencionadamente) es un tal Aurelio Miranda, de buena familia y conectado al aparato ministerial en virtud de tradiciona­les normas familiares; carece de dinero, es maduro y hasta padece ciertas lacras en su salud… Lucía acepta el matrimonio que su padre le propone, indiferente y atenta sólo a agradar a quien tanto la ama. El viaje de novios se endereza hacia París, pero la fatalidad hace que el marido pierda el tren al bajarse en Venta de Baños para recupe­rar cierta cartera que olvidó momentos antes en el restaurante de la estación.

Lu­cía, que se ha dormido tranquilamente, no advierte la ausencia de su flamante marido hasta cinco horas después de arrancar el tren de Venta de Baños, y esto porque llega el revisor a pedirle su billete. Del apuro, del desconcierto, la saca un compañero de coche, el joven e interesante Ignacio Artegui, que discretamente se presta a ser su caballero en semejantes extrañas circuns­tancias. Por su consejo, la desposada sigue viaje hasta la ciudad francesa en que debía terminar la primera etapa de su viaje de novios, para allí esperar a su esposo, que, seguramente, ha debido pensar que así ocu­rriría. Lucía, inocente e ingenua, no sabe a qué atribuir la desaparición de su marido, y comunica sus impresiones al también es­tupefacto Ignacio. Por fin llegan a Francia, y se instalan en Bayona, en el hotel que la novia oyó citar a su esposo; y desde Bayona telegrafía Ignacio, gestiona noticias, inútil­mente; se avendría a esperar al torpe es­poso si no llegara un telegrama para él avisándole que su madre, gravísima, le necesita en París.

Se va, y Lucía recibe sola al enfurecido Aurelio, con el cual sigue viaje y se instala en una fonda parisiense que, por prodigio de la fortuna, está situada junto a la quinta del propio Ignacio Artegui. Esto lo sabe la joven por un criado de la pensión, Sardiola, al cual conoció en el tren, y que resultó antiguo asistente del correcto compañero de viaje. Por el mismo asistente sabe que se le ha muerto a Ignacio su madre y entonces le escribe dándole el pésame, sin contar con su ya celoso marido, que la sorprende echando la carta al buzón. Unas borrascosas escenas de celos o, mejor, de amor propio tontamente herido, hacen víctima a Lucía de mal trato por parte de su marido. A ello se une el afán que la joven siente de volver a ver a Ignacio, para lo cual sólo tiene que cruzar el jardín que separa las casas en que ambos viven.

Nueva sorpresa del marido, y ahora, ya, la agresión: Aurelio apalea a Lucía brutalmente, y como entre tanto ha pasado el tiempo y ésta ha quedado legítimamente embarazada, el marido, al saberlo, duda groseramente y expone sus dudas a la vez que se vuelve a España dejando abandonada a su joven mujer. Un jesuíta inteligente y piadoso que oye la verdad de labios de la pobre criatura, aconseja a ésta que se vuel­va a su casa y allí espere el perdón de su marido (perdón para su ingenuidad, ya que no hay delitos que perdonarle). La novela acaba así. El tipo de Aurelio está retratado con perfecto conocimiento, como todos los que aparecen en la obra.

C. Conde