El Tartufo, Molière

[L’Imposteur ou le Tartuffe]. La más célebre comedia de Molière (Jean Baptiste Poquelin, 1622-1673), estrenada en 1664.

Orgón, honrado burgués rico y esti­mado, ha conocido tiempo atrás en una igle­sia a una especie de hombre devoto, Tartufo (v.)> y ha quedado de tal modo maravillado de su fervor religioso, de la ostentada pu­reza de su conciencia, de su extraordinaria humildad, que lo ha acogido en su casa como a un hermano, y lo ha convertido en una especie de director espiritual suyo. Esta si­tuación y la natural preponderancia de Tar­tufo han suscitado en toda la familia una verdadera revolución: la anciana madre de Orgón, la señora Pernella, obstinada santurrona, aprueba a Orgón, defiende a aquel hombre de Dios, e incita a todos a seguir sus consejos; pero los demás se muestran más o menos irritados e impacientes; la se­gunda esposa de Orgón, Elmira, todavía jo­ven y bella, soporta con prudente reserva las críticas que Tartufo hace de su munda­nidad; pero su hijo Damis se inquieta y eno­ja, teme por el deseado matrimonio de su hermana Mariana, al que, según él, pone tra­bas Tartufo, y se desahoga contra él, soste­nido por el avispado ingenio de la fiel sir­vienta Dorina, y por las sosegadas observa­ciones del hermano de Elmira, Oleante, jui­cioso y agudo.

Hasta aquí (primero y se­gundo actos) Tartufo no se ha presentado todavía en escena; pero todos ellos no hacen más que hablar de él, y se percibe per­fectamente que su presencia ideal domina el grupo. Cuando regresa Orgón, después de un breve viaje al campo, no tiene pala­bra ni pensamiento que no sea para Tar­tufo, y en vano Dorina se burla de aquella obsesión, y Cleante le expone seriamente alguna duda acerca de la seriedad de su amigo. Orgón está de tal modo obsesionado que no quiere tardar más en poner en prác­tica un proyecto suyo: unir en matrimonio a su hija Mariana (que había prometido al enamorado Valerio) con Tartufo, para in­troducirlo también legalmente en el seno de su familia. No sirven para disuadirlo las advertencias de todos, ni las lágrimas y la desesperación de la pobre Mariana, ni el ingenio de la fiel Dorina; Orgón se pro­pone reformar con aquella acción las cos­tumbres de su familia, y conducir a todos los suyos, aun contra la voluntad de ellos, al verdadero fin. La prudente Elmira decide entonces aprovechar cierta influencia que tiene sobre el ánimo de Tartufo para indu­cirlo a oponerse también él a aquel extra­vagante proyecto.

Tartufo se presenta al fin (en la segunda escena del tercer acto) y, después de una breve y burlesca escaramuza con la irreverente Dorina, sostiene largo diálogo con Elmira; extraordinario diálogo en el curso del cual, aquella mujer, con escalofriado estupor, obtiene la primera re­velación de la hipocresía del falso devoto, el cual, sin quitarse del todo la máscara, con capciosa y sofística elocuencia, le des­cubre su pasión por ella. El suspicaz Damis ha escuchado a escondidas su declaración; llega Orgón. a quien recurre su hijo, indig­nado, pero Tartufo consigue persuadirlo de que es, sencillamente, víctima de una odiosa calumnia. De manera que Orgón echa a su hijo de su casa, y para desheredarlo quiere hacer inmediatamente donación legal de gran parte de su hacienda a Tartufo, el cual primero vacila y protesta, pero después aca­ba por aceptar «con buen fin».

Entonces su esposa decide recurrir a los procedimientos extremos: dice a su esposo que se esconda debajo de la mesa del salón y manda llamar a Tartufo, fingiendo querer rendirse a sus deseos; aquel pícaro redomado, esta vez, cegado por su sensualidad, cae en la red, y llega a escarnecer descaradamente, para vencer las fingidas vacilaciones de la esposa, la estúpida credulidad de Orgón, quien trastornado por aquella revelación se arroja sobre el miserable y lo echa. Pero Tartufo aprovechándose de las armas que la ciega confianza de Orgón le había puesto en las manos, no se limita a privarlo de sus bienes» sino que además lo denuncia al rey por haber protegido a un desterrado político. Mientras la familia reconciliada delibera lo que ha de hacer y el generoso Valerio viene a ofrecer a Orgón los medios para la fuga, el propio Tartufo tiene la audacia de pre­sentarse, con un funcionario público, en casa de su bienhechor.

Pero en aquel punto, el funcionario, en lugar de detener a Orgón, detiene a Tartufo y revela que la justicia ha reconocido en él a un muy conocido de­lincuente a quien buscaba hacía tiempo, por sus fechorías. Con este efecto escénico, y con un elogio a la prudente justicia del rey, el intrincado desenvolvimiento de la acción se resuelve del modo más feliz. Prosiguiendo impávido por el camino de la gran comedia tradicional, fundada en la sá­tira de las costumbres, Molière, en el Tar­tufo, más aún que en el Misántropo (v.), ha ahondado de tal modo en el estudio de los caracteres y el análisis de las posibilidades de la naturaleza humana, que se ha elevado de las patéticas vicisitudes de un juguete escénico a las angustias de un drama; frente a la loca ceguera de Orgón, auténtico per­sonaje de comedia, se alza la tenebrosa malicia de Tartufo, carácter tan verdadero y complejo que es difícil decir hasta qué pun­to es él mismo consciente de su abyección.

Los tres primeros actos recitados en Versalles (12 de mayo de 1664) provocaron una campaña por parte de los «Devotos», falsos y verdaderos: el rey prohibió la represen­tación de la obra que había sido leída y re­presentada en reuniones privadas. En el año 1667 fue representada en público, con al­guna atenuación (el protagonista se presentaba en traje seglar y con el nombre de «Panulfo»), y dio lugar a luchas, prohibi­ciones y excomuniones. En 1669 se le re­tira todo derecho a la representación, tal vez por intervención del rey. En realidad, la comedia no iba dirigida solamente contra la vaga y general hipocresía. Cuando en la escena de la seducción de Elmira, Tartufo usa del «distinguo» y habla de «reservas», se comprende inmediatamente que el autor ha querido representar la nueva moral de los jesuitas., siguiendo con ello la campaña comenzada por Pascal en sus Cartas del pro­vincial (v.). Al hipócrita opone el verdadero creyente en la persona del hermano de Orgón, que ofrece el tono de un humanista prudente y superior.

Pero la ingenua y sin­cera devoción se convierte en objeto de burla en Orgón; los principios de la moral relajada y prudente, los acomodos con el cielo, de­bían parecer peligrosos, aunque fuesen sos­tenidos por un impostor y proporcionar ar­gumentos a los «libertinos». Por fortuna, junto a la sombra terrible proyectada por Tartufo hay un destello de luz: el buen sentido del pueblo, representado por Dorina, y la eterna juventud, por Mariana y Valerio: rasgos de verdadera comedia leve, aérea, en medio de una obra formada por las peligrosas intrigas de Tartufo y la ab­surda ceguera de sus víctimas. Un destello de luz, al que viene a añadirse otro: mien­tras Tartufo, como Orgón, como su hermano, su madre y su mujer, son de la vieja gene­ración, tres adolescentes representan la ju­ventud: el vehemente hijo de Orgón, su hija y su prometido.

Entra en juego el amor, y se produce una comedia dentro de la co­media, levemente unida a la primera en cuanto Orgón se propone casar a su hija con Tartufo, que así (él tiene buen apetito) tendría a la madre y a la hija. La escena entre los dos enamorados, sus disputas por exceso de amor, sus errores, su escaso cono­cimiento del propio errar, su inocente atur­dimiento forman, en medio de las peligro­sas intrigas de Tartufo y la absurda ceguera de sus víctimas, una isla de otra clase de comicidad: menos sarcástica (por parte del autor), y ligera, primaveral, aérea. Se com­prende que, aunque Tartufo hubiese ven­cido, el mundo hubiera podido todavía ser salvado por el amor, por el cual puede siem­pre comenzar de nuevo. [Trad. castellana en verso por José Marchena (Barcelona, 1836) y Lorenzo Cabanyes (Madrid, Barcelona, 1869). En prosa, por Julio Gómez de la Serna en Obras completas (Madrid, 1950)].

M. Bonfantini

Molière es tan grande que nos sorprende siempre, cada vez que lo leemos. Es un hombre aparte: sus obras rozan lo trágico, y nadie tiene el valor de intentar imitarlo. (Goethe)

El inmortal Tartuffe de Molière- [es el] fruto de la más fuerte tensión del genio cómico. (Pushkin)

Mi opinión acerca de Le Tartuffe es que no es comedia, sino libelo. Un ateo, con tal que sea persona educada, pensará, a propó­sito de esta obra, que es menester no poner nunca ciertas cuestiones graves en manos de la canalla. (Baudelaire)

El triunfo de su genio consiste precisa­mente en haber captado la comicidad latente en todo tipo y en toda situación. Y esta comicidad es franca, vigorosa y sincera. No es una huella a flor de labios para ocultar las ganas de llorar. (Lanson)

La seguridad de un Tartuffe lo hace cómi­co, pero de una comicidad sin risa, inquie­tante como gesto silencioso. (Fernandez)

Aquí Molière se eleva al drama. (Brunetiére)

En el Misántropo hay una amargura que produce ciertos escalofríos ; en Le Tartuffe hallamos la sátira severa, que en ciertos puntos se da la mano con las Provinciales, y por ello estas dos comedias han sido seña­ladas por algunos como superiores y consi­deradas por otros como inferiores a las demás de entonación solamente cómica, como si Molière se hubiera salido de su tono natural y congènito. (B. Croce)