El Sofá, Claude-Prosper-Jolyot de Crébillon

[Le sopha]. «Cuento moral» del francés Claude-Prosper-Jolyot de Crébillon, llamado Crébillon hijo (1707-1777), publicado en 1740. Es una de las numerosas obras del siglo XVIII que están a mitad de camino entre la sátira de costumbres y la literatura más fácil y frívola. Aunque muy lejos del ejemplo de las Cartas Persas (v.), que hacen una rigurosa crítica social a través de amables ficciones novelescas, también este Sofá se refiere a las costum­bres de tierras lejanas y misteriosas, y con­cretamente a la ciudad de Agrá, en la India. Un príncipe cansado de placeres y aburrido, el Shah Baham, que por algo es heredero del famoso sultán de Las mil y una noches (v.), se hace contar historias por sus cortesanos; uno de ellos consigue sobre todo interesarle, Alanzei, que en una vida anterior había sido encerrado por el dios Brahma, por vía de metempsícosis, en un sofá. Describe todo lo que observó, casi sin creer él mismo en su inverosímil ex­periencia de los vicios humanos. Dicho mueble había sido construido para una mu­jer que todo el mundo consideraba como un modelo de esposas, Faíma; en realidad, ella huía toda ocasión pública de placer para darse con mayor seguridad a sus vicios.

De ello se entera el espíritu, castigado en su prisión, pues llega a conocer toda la intimidad de su vida. Fatma no es más que una hembra sensual, ardiente e insaciable; después de la visita de un grave brahmán, goza del amor sombrío y frenético de un esclavo negro, Dahis, y luego el de un nuevo brahmán galante, y de muchos otros, hasta que su marido la sorprende y la mata con su último amante. De casa en casa el alma del sofá vuela horrorizada por lo que acaba de ver, y siempre encerrada en el lugar fijado por el dios, se estremece y sufre al sentir tantas bellezas tendidas sobre sus almohadones; hasta el punto de que, en una ocasión, enamorado de una joven llamada Zeini, el espíritu lánguido y vaporoso se acerca a la durmiente y la turba en el sueño haciéndole probar el escalofrío de una nueva voluptuosidad. Pero ella suspira por un joven indio, Felea, y para el castigado de Brahma no hay más que dolor y nostalgia. Toda la narración descansa sobre semejante situación, entre galanterías y una búsqueda típicamente dieciochesca de escenas llevadas al borde de la escabrosidad más amanerada. Por esto el libro (que sin embargo no tiene la vivacidad impúdica y satírica de las Joyas indiscretas, v., de Diderot) conserva algo de sutil y malsano, que revela una menta­lidad orientada hacia el goce de pequeñas aventuras cotidianas.

C. Cordié