[El poblé gris]. Narración del pintor, comediógrafo y novelista catalán Santiago Rusiñol (1861-1931), publicada en 1902. Un forastero, en el que adivinamos al autor, llega a un pueblo cualquiera, que Rusiñol nos pinta como el prototipo de tantos pueblos grises y anónimos, perdidos por las tierras catalanas.
Describe sus calles, su iglesia y sus tiendas. El forastero se hospeda en la fonda que regenta «El Beco», pintoresco cacique del pueblo. Y desde allí va estudiando el rutinarismo de los habitantes, la monotonía y la auténtica mediocridad áurea del ambiente. Entonces puede cumplir la prescripción médica que le aconsejó distracciones y vida pacífica. El forastero va contando en breves narraciones, muchas veces con pretensión y valor de ensayo, los puntos sobresalientes de la vida de la localidad. Los niños, los ancianos, las moscas, de las que Rusiñol dice que son «la ornamentación de las calles, la distracción de los animales y la alegría de las casas».
Las largas veladas de invierno en el café «La Esperanza» o en el «Club de los Exaltados», que viven aún las teorías de la Revolución Francesa; y los actos recreativos de la sociedad «El pensil». Una sesión del Ayuntamiento, que es una pequeña y deliciosa pieza teatral; los juegos, el amor, el Santo Patrón, el loco, el sabio, el jefe de estación, todos desfilan por esa galería de arquetipos muy bien caracterizados por Rusiñol. La obra termina con la descripción de la Semana Santa que, paradójicamente, constituye uno de los acontecimientos más animados del pueblo, porque hay mucha gente por las calles. También estudia, como final, el mal del pueblo, cuyo contagio abunda en la aldea y que no es más que la pereza.
Con su típico estilo, su abundante gracejo y sus chistes improvisados e ingeniosos, Rusiñol nos da una visión agradable y certera de un pueblecillo anónimo, donde cuando el tren pasa «no tiene ni la cortesía de silbar». Donde — como escribe el autor — «duermen igual, trabajan de la misma manera, están condenados a la condena más triste: a no tener grandes alegrías, pero tampoco grandes y hondas y hermosas tristezas, y a vivir, a vivir, sobre todo a vivir».
A. Manent

