El Príncipe, Niccoló Machiavelli

[Il Principe] Obra de Niccoló Machiavelli (Maquiavelo) (1469- 1527), sin duda la más leída y discutida, ensalzada y vituperada, amada y odiada de la literatura política de todos los tiem­pos.

Fue escrita entre julio y diciembre de 1513, en la quinta (llamada el «Albergaccio») de Sant’Andrea in Percussina cerca de San Casciano, donde Maquiavelo, caído en desgracia cerca de los Médicis, nuevos amos de Florencia, se había retirado. El estímulo ocasional para escribir su obra fueron las voces que se difundieron a co­mienzos del verano acerca de los proyectos del papa León X de crear un Estado en favor de sus sobrinos Julián y Lorenzo de Médicis; voces que excitaron a Maquiavelo, preocupado por los destinos de Florencia y de Italia, deseoso de expresar su pensa­miento madurado en muchos años de expe­riencia política, a interrumpir su ya co­menzado comentario a las Décadas de Tito Livio (v. Discursos sobre la primera Década de Tito Livio) y a escribir a toda prisa el nuevo y breve tratado. Lo anunció, el 10 de diciembre, en una carta famosa a su amigo Francesco Vettori, en estos términos: «he compuesto un opúsculo De Principatibus…en que disputo qué son los principados, de qué especie son, cómo se adquieren, cómo se mantienen, por qué se pierden…».

Más tarde, en 1516, añadió al tratado una dedi­catoria a Lorenzo de Médicis; pero el texto no lo tocó más. El Príncipe es una obra brotada de corrida de la mente de su autor; y han sido vanos los intentos de algunos eruditos de distinguir fases sucesivas en su elaboración. Su título no fue bien defi­nido por Maquiavelo: lo llamó De Principatibus, De Principati (Discursos I, II, c. I), De Principe (ib., I, III, c. XLII); De Prin­cipati lo llamaron también sus amigos y el copista de los primeros códices. La tradi­ción, en cambio, ha preferido El Príncipe, subrayando con esto la importancia del jefe de Estado. La obra se publicó póstuma: su primera edición es de 1532, en Roma, por Antonio Biado, y en Florencia por Bernardo Giunta. El tratado, muy bre­ve, se compone de 26 capítulos, y tiene una férrea concatenación lógica y una urdim­bre continua, sin interrupciones ni digre­siones.

Su esquema general es éste: los primeros nueve capítulos, respondiendo a la cuestión «cómo se crea y se forma un principado», analizan el proceso de diversa constitución de los principados; se añade el X, que trata de la capacidad general de lucha de un Estado contra el enemigo exte­rior, mientras el capítulo XI está dedicado al singular tipo de principado que repre­senta el Estado de la Iglesia, para el cual no valen las leyes que regulan la vida de los demás Estados. Más particularmente aún, los capítulos III-V analizan la con­quista de nuevas provincias por parte de un Estado ya formado y organizado, mien­tras en los capítulos VI-IX se estudia la formación «ex novo» de un principado (como los de Francisco Sforza y de César Borgia). Con los capítulos XII-XIV se entra, en cambio, en las grandes y generales cues­tiones de vida interior del Estado, que luego se resumen en una sola: la ordena­ción de las fuerzas armadas.

Y aquí, Ma­quiavelo, después de haber desarrollado su áspera y tajante crítica de las milicias mer­cenarias y auxiliares, después de haber con­denado dura y hasta injustamente a los príncipes italianos de su tiempo, pasa a propugnar la necesidad, para un Estado, de las «armas propias», esto es, las que «están compuestas o de súbditos, o de ciudadanos, o de criados tuyos», y la necesidad, para el príncipe, de pensar continuamente en la guerra: «Debe, pues, un príncipe no tener otro objeto ni otro pensamiento, ni tomar cosa alguna por arte suyo, fuera de la guerra y órdenes y disciplina para ella; porque ése es el único arte que corresponde a quien manda». Hecho esto, es decir, efec­tuada la ordenación militar, Maquiavelo ve ya otras reformas generales a introducir en el Estado: los problemas económicos, finan­cieros, etc., están muy lejos de su pensa­miento y por esto pasa en seguida a exa­minar las cuestiones relativas a la propia persona del Príncipe o las artes que debe usar para mantenerse en su trono, a las cualidades que debe tener.

Así tenemos los capítulos XV-XXIII, dedicados exclusiva­mente a la figura del príncipe. El análisis de Maquiavelo alcanza en esta parte el máximo realismo. Él mismo tiene plena conciencia de decir cosas que nadie ha osa­do decir cuando, en el capítulo XV, refu­tando a los filósofos y escritores que han escrito de política, imaginándose «repúbli­cas y principados que no se han visto nunca ni conocido existir en realidad», afirma querer «escribir cosa útil para quien la quiera emprender» y por ello querer «andar tras la verdad efectiva de la cosa» en vez de «a la imaginación de ella». Y he aquí ya los preceptos del capítulo XVI: mejor sea tenido por parsimonioso y no disipar las riquezas del Estado, que liberal y después cargar de impuestos extraordinarios a los súbditos; los preceptos del capítulo XVII: mejor ser cruel a tiempo, que inútilmente piadoso; mejor ser temido y respetado que amado y no suficientemente respetado.

He aquí sobre todo los preceptos famosos del capítulo XVIII, el más discutido y criticado de la obra de Maquiavelo: necesidad para el príncipe de saber ser zorra y león a un tiempo; necesidad para él de no observar la palabra dada (la lealtad) «cuando esta observancia se vuelva contra él y se hayan extinguido los motivos que la hicieron pro­meter»; necesidad de parecer «piadoso, fiel, humano, íntegro, religioso», pero saber tam­bién no serlo; necesidad, en suma, de «no separarse del bien, pudiendo hacerlo, pero saber entrar en el mal, si a ello se ve obli­gado». Y esto porque en las acciones de los hombres y máxime de los príncipes «se mira al fin que se quiere obtener. Procure, pues, un príncipe vencer y mantendrá el Estado; los medios que emplee serán siem­pre tenidos por honrosos, y por todos alabados». Finalmente, con los capítulos XXIV-XXVI, se establece una franca co­nexión del tratado con la situación italiana del momento.

El incentivo para escribir El Príncipe lo había tenido Maquiavelo — como hemos dicho — en la posibilidad de nuevas combinaciones políticas en Italia; y he aquí ahora, para conclusión del libro, que había sido hasta aquí de carácter teoricogeneral, el examen de las causas por las cuales los príncipes de Italia habían perdido sus Es­tados (capítulo XXIV), seguido del análisis de la fortuna, es decir, si es o no posible para la energía y capacidad del hombre hacer frente a la fortuna (cap. XXV), y, finalmente, de la conclusión de que en Ita­lia es hoy posible a un príncipe prudente y «virtuoso», esto es, capaz, crear un nuevo y fuerte Estado, que pueda proteger a Italia contra las invasiones de los «bárbaros», barriendo el «bárbaro dominio» de los fran­ceses y españoles (cap. XXVI). Y el tra­tado se cierra con los versos de Petrarca, de la canción «Italia mia»: «Virtù contro«, a furore/Prenderà l’arme, e fia el combatter corto ;/Ché l’antico valore/Nell’italici cor non è ancor morto».

Con un grito de pa­sión, con un llamamiento angustiado a un «redentor» de Italia, se concluye así el tra­tado que a lo largo de sus 26 capítulos ofrece la fría lucidez de un razonamiento implacablemente riguroso. Maquiavelo no piensa todavía en la unidad política de Italia; el príncipe nuevo que él invoca de­bería ponerse a la cabeza de la lucha contra el extranjero, pero en realidad sólo domi­naría directamente un fuerte estado, pro­bablemente de la Italia Central; con todo, la invocación de Maquiavelo es una de las más poderosas manifestaciones de todos los tiempos del espíritu nacional italiano. Por lo demás, El Príncipe constituye la más franca y límpida expresión del pensamiento político que jamás se haya formulado. Aquí todo es «político», toda otra consideración moral o religiosa es dejada aparte; el «deber ser», es decir, el anhelo a una vida más alta, cede el lugar al «ser», esto es, a la consideración de la realidad tal como es, sin preocupaciones de reforma.

El sentir político es aquí tan directo, fuerte e ins­tintivo, que no deja sentir ya ningún otro interés, como no sea el del Estado. El cual, a su vez, se identifica con la persona del príncipe; es antropomorfizado, reducido a la medida de una persona humana: el inte­rés del Estado, pues, se confunde con el interés de su jefe. .Esta individualización del problema hace todavía más estricta y orgánica la unidad de pensamiento del tra­tado: las normas teóricas hallan inmediata y total ejemplificación en algunas figuras de grandes príncipes: Fernando el Católico, rey de Aragón; Francisco Sforza, César Borgia. De aquí también lo extraordinaria­mente incisivo de su estilo, desnudo y es­cueto, y la plasticidad de las expresiones; El Príncipe es, también desde el punto de vista literario, una obra maestra; una de las grandes obras maestras de la prosa ita­liana. Esta obra fue pronto traducida a las principales lenguas; difundida por toda Europa obtuvo una popularidad enorme, tal vez como ninguna otra obra, y, espe­cialmente en la segunda mitad del siglo XVI y primera mitad del XVII, fue objeto de violentísimas acusaciones e invectivas.

En ella pareció compendiado el llamado «ma­quiavelismo», teoría política que se des­prendía de la obra y que provocó las iras y toda clase de invectivas de los enemigos de tal sistema en toda Europa. [Trad. es­pañola por B. (Barcelona, 1842); trad. por Antonio Zozaya (Madrid, 1877); por Joaquín Gallardo (París, s. a.); por José Sánchez Rojas (Madrid, 1924, 2.a edición 1934); por Edmundo González Blanco (Madrid, 1933) y por José M.a Espinás Masip (Barcelona, 1951)].

F. Chabod

Derivó la política no tanto de la razón universal de lo recto y de lo justo como de los hechos que había visto y de los únicos medios que le parecían eficaces para las necesidades de Italia. (Foscolo)

Maquiavelo… enseñó a la Europa cris­tiana una política… como si no existiesen ni el cristianismo, ni una divinidad, ni una justicia divina.  (F. Schlegel)     

Maquiavelo comienza verdaderamente la prosa, es decir, la conciencia y la reflexión de la vida. (De Sanctis)

El Príncipe es, sin duda, el libro que más que otro alguno consiguió actuar sobre la realidad de las cosas; más que otro al­guno contribuyó a sacar a Europa juera de la Edad Media. (Villari)

Su objeto consiste en hacer del hombre un ser fuerte, genial, audaz, de espíritu pronto, fino político, disimulador y paciente, y en dirigir todas sus facultades a la con­quista de todos los placeres; los placeres de los sentidos, como el gusto por las artes, o del dominio: hombres admirables, casi elegantes fieras hambrientas y perfectamente adiestradas. (Taine)

Maquiavelo, en su Príncipe, nos hace res­pirar el aire seco y fino de Florencia y no puede menos de exponemos las cosas más graves con un irrefrenable «allegrissimo»; tal vez no sin un sentimiento malicioso de artista que conoce todo el atrevimiento de semejante contraste, pensamientos largos, difíciles, rudos peligros y un «tempo» de galop insolentemente caprichoso. (Nietzsche)

Este calculador que pasa por ser el expo­nente de todos los fríos calculadores fue, demasiado a menudo se olvida esto, un vi­sionario… Maquiavelo es, por decirlo así, un realista de la utopía. (Fernandez)