El Preceptor, o sea, Las Ventajas de la Educación Particular, Jacob Michael Reinghold Lenz

[Der Hofmeister oder Vortheile der Privatunterrichtung\. Drama en cinco actos del escritor alemán Jacob Michael Reinghold Lenz (1751-1792), estrenado como anónimo en 1774. En la casa del comandante Berg entra un preceptor, Lauffer, al que se pide mucho pero se paga poco.

El comandante tiene un hijo, Leopol­do, indolente y perezoso, y una hija, Agustina, su predilecta, inteligente y llena de iniciativa. Anteriormente se había ena­morado de su primo Fritz, y ahora cede al amor del preceptor, el cual, expulsado de la casa, se refugia en la del maestro Wen­ceslao, moralista y filósofo que representa el ideal de la educación de Estado. Después del escándalo, también Agustina huye de su casa para dar a luz un niño; luego, presa de los remordimientos por haber abando­nado su casa, se arroja a un estanque, donde por casualidad la salva su padre, que iba desesperadamente en busca suya.

Perdo­nada, Agustina se casa con su primo Fritz; el remordimiento sugiere, en cambio, al pobre Lauffer una idea alocada; para cas­tigarse de los excesos de sensualidad que llevaron a tan tristes consecuencias a su amada, destruye su virilidad, con la apro­bación de su maestro Wenceslao, que de este modo ve resuelta, de una vez para siem­pre, en una renuncia radical, la cuestión de las tentaciones carnales. Pero se equivoca, ya que Lauffer, en cuanto da con una linda muchacha, Lisa, modelo de ingenuidad, a pesar de todo, se casa con ella.

En este drama no solamente la libertad del «Sturm und Drang» (v.) llega al paroxismo, sino que también se resiente del desequilibrio del autor. La escena, que cambia dos o tres veces en cada acto, hizo caer a los contemporáneos en el error de atribuir la anónima comedia a Goethe, craso e incomprensible error, ya que la analogía con el Goetz de Berlichingen (v.) se reduce al abandono de las reglas de la unidad; muy distinta es, en cambio, la marcha del drama, que presenta una ingenuidad y una falta de habilidad que de ningún modo pueden atri­buirse al gran poeta.

G. F. Ajroldi