El Pobre Hombre de Toggenburg, Ulrich Bráker

[Der arme Mann in Toggenburg]. Autobio­grafía del suizo Ulrich Bráker (1735-1798), publicada al principio fragmentariamente en el «Schwiezerisches Museum» y más tarde en volumen, con una presentación de Fussh, en 1789.

Hijo de pobres artesanos de Wattwil cerca de Lichtensteig, pastor de cabras en su primera juventud, criado «como un árbol en el bosque», Bráker en cierto mo­mento, como tantos suizos, empezó a correr por el mundo «guardando siempre aquel verde trozo de patria en su corazón»; es­tuvo al servicio de un oficial prusiano del reclutamiento; experimentó en su persona los nuevos y enérgicos métodos de adies­tramiento del ejército del gran Federico; participó no sin pequeños y grandes sustos en la guerra de los Siete Años, hasta que, en la batalla de Lowositz, «relicta non bene parmula», consiguió escapar. Después de regresar a su pueblo, trabajó en una fábrica de nitro, intentó negociar en algodón, y acabó con esposa e hijos, como tejedor, en una casita completamente suya, «con el hambre a veces sentada a la modesta mesa», pero con flores de geranio tras los cristales de sus ventanas y con la vista amplia hacia la montaña más allá de los arriates de flores y de las legumbres de su pequeña huerta.

En realidad, aparte de la aventura militar, no se puede ser más suizo. Sin em­bargo la autobiografía en que narra todas estas cosas y muchas más, quizás sea, en la literatura suiza de lengua alemana, la pri­mera obra narrativa que tiene «una típica y total huella suiza» no solamente por su tema, sino también por la manera de escri­bir, el estilo, el ritmo del discurso y el color del lenguaje. A pesar de que leyó siempre muchísimo, como y cuando podía, a pesar de haber descubierto por su cuenta a Shakespeare haciendo de él «el poeta de su corazón», su manera de escribir no es la de un literato, sino la de un hombre para el que la palabra es algo corpóreo y aferrable, como todo lo que pertenece a la reali­dad de la vida. Y su narración manifiesta una inmediata frescura de impulsos y una cercanía tangible de los detalles.

Una vena de humorismo, limpia de todo vapor senti­mental la efusión lírica, cuando ésta aflora: la narración avanza con un realismo sano, sencillo, concreto y el lenguaje está satu­rado de color local. Naturalmente es un arte todavía ingenuo e inconsciente, y a la poesía se llega solamente en unos cuantos episodios más briosos, como en las evoca­ciones pueblerinas que hacen de marco a la vida del pastorcillo adolescente, en el fresco cuento del primer amor y en la hu­morística descripción de la vida de cuartel. Pero ya estamos en el camino que más tarde llevará al gran arte de Gotthelf y Keller.

G. Gabetti