[Il piacere]. Es la primera de las tres Novelas de la Rosa de Gabriele D’Annunzio (1863-1938), publicada en 1889. La «rosa» alude al placer, tema común y explícito de las tres novelas.
El conde Andrea Sperelli, poeta de refinada sensibilidad, a fuerza de egoísmo sensual llega a una completa aridez moral, aumentada por la lúcida pero impotente conciencia de su propio estado. Abandonado en lo más fuerte de su pasión por su amante, Elena Muti, trata en vano de olvidarla en frívolas aventuras de amor. Se convierte en el amante correspondido de una criatura noblemente espiritual, Maria Ferres; pero la antigua pasión se exaspera aún más en él por la extraña semejanza existente entre ambas mujeres, de modo que en Maria llega conscientemente a desahogar el deseo carnal que todavía despierta en él el recuerdo de Elena.
En el momento en que más necesidad tendría la nueva amante de su afecto y ayuda, un error en los nombres escapado de los labios del conde revela la horrible verdad. La debilidad de la novela está en la autoidolatría mostrada por D’Annunzio en la persona del protagonista. Andrea Sperelli es conde, elegantísimo, rodeado de lujo, alto de estatura, como el entonces mundano D’Annunzio hubiera querido ser, y la autoidolatría hace ambiguo el análisis psicológico del personaje, vacilante entre el estudio científico y la condena moral. La fuerza de la obra estriba en el sentido amargo de la voluptuosidad. De este libro procede, entre otras cosas, la moda que imperó durante muchos años en las novelas italianas de ennoblecer gestos, ambientes y paisajes con repetidas y continuas referencias a cuadros famosos.
Cierta dificultad en narrar, que se advierte en los momentos en que la prosa quisiera ser más narrativa, resulta menos perturbadora por cuanto niega la narratividad y confirma el específico lirismo de la situación poética; así ocurre en ciertas peculiaridades de estilo que cortan de continuo el fluido ritmo del relato para imponer otro, muy próximo a los refinamientos puntillistas.
E. De Michelis
Según juicio acorde de críticos viejos y recientes, ha conseguido la mejor novela, la novela más sincera, donde el esteticismo del protagonista es todavía una fe segura en sí mismo, que le lleva a vivir con abandono aquel mundo de lujo y de voluptuosidad al que, en sus ambiciones ingenuas de bárbaro urbanizado, tiende con incontenible y lozana curiosidad. (L. Russo)

