[Le pèlerin de l’absolu]. Dentro de la serie de volúmenes de su diario que el propio Léon Bloy (1846-1917) publicó, apareció en junio de 1914 El peregrino de lo absoluto, a continuación de El viejo de la montaña (abril de 1911) y precediendo a En el umbral del Apocalipsis (mayo de 1916).
Comprende el período de la vida de Bloy que va desde el primero de junio de 1910 al 31 de diciembre de 1912. El escritor septuagenario conoció, en esta época, una paz que le había sido negada durante largos años. Vivió en la calle de la Barre, en Montmartre, hasta enero de 1911, y luego en Bourg-la Reine, en la plaza Condorcet, hasta enero de 1916, rodeado de amigos fieles y, si bien siempre en la mayor pobreza, logra por este tiempo escapar a la miseria. Estableció el texto de la autobiografía de Mélaine, pastor de La Salette, y lo publicó precedido de un importante prefacio.
Se entregó después a la realización de El alma de Napoleón, libro en el que había soñado en diversas ocasiones y desde hacía varios años y que apareció en el «Mercure de France» en septiembre de 1912, adelantándose en un año a la segunda serie de la Exégesis de los lugares comunes (v.). En junio de 1910 había realizado el autor, con sus amigos Pierre Termier y Phillippe Raoux, una peregrinación a La Salette. El mismo verano se impuso, cerca de Cayeux (Somme), uno de los veraneos que tanto detestaba; al año siguiente veraneó en Dordogne, y tuvo ocasión de volver a contemplar los lugares de su infancia; en 1912 pasó el verano en Saint- Piant, cerca de Chartres.
Mucho más que los precedentes, este volumen, el noveno del «diario», está repleto de documentos; cartas recibidas y contestadas, artículos suyos y sobre él, citas de lecturas y hasta las dedicatorias que él compuso para sus amigos o para coleccionistas de autógrafos. No se encuentra aquí ni la declaración patética de sus grandes sufrimientos, ni tampoco las notas sobre la vida espiritual del autor. Pero puede seguirse de cerca la composición del libro sobre Napoleón, las reflexiones sobre el «secreto» de La Salette y los pronósticos de la guerra que se aproxima.
El peregrino de lo absoluto sigue siendo, sin embargo, una de las obras maestras del «diario»; y es en estas páginas particularmente donde se encuentran las reflexiones más justas y apropiadas de Bloy sobre su arte poética y sobre la necesidad de un estilo hiperbólico, único para expresar su extraordinaria visión de las cosas.

