El Mendigo Ingrato, Diario del Autor (1892-1895), Léon Bloy

[Le Mendiant ingrat. Journal de l’auteur]. Es el primer volumen del Diario de Léon Bloy (1846-1917), que debía tener por continuación : Mi diario (1904), Cuatro años de cautiverio en Cochons-sur-Marne (1905), El invendible (1909), El viejo de la Montaña (1911), El peregrino de lo absoluto (v.) (1914), En el umbral del Apocalipsis (1916) y La puerta de los humildes (póstumo, 1920).

El men­digo ingrato apareció en Bruselas, en 1898. La edición del «Mercure de France» de 1908 es el resto de la edición belga, con una cubierta nueva. Este primer diario com­prende los años en que Bloy escribió Su­dor de sangre, las Historias desagradables, León Bloy frente a los cerdos y una parte de La mendiga (v.) (publicada en 1897). Casado en 1890, de regreso de Dinamarca en 1891, Bloy vivió en Vaugirard, luego en Anthony, más tarde en Montrouge, y com­partió con su familia la más absoluta mi­seria. Sus dos hijos murieron durante estos años. El Diario publicado no es la simple colección de las notas tomadas cotidiana­mente por Bloy y que, todavía hoy, per­manecen inéditas en parte. El autor tra­bajó largamente en la elaboración de estas notas, no conservando más que aquello que a su juicio podría ocupar un lugar en un libro «compuesto». Pero si escogió tan sólo lo que pensaba ofrecer al público, no lo hizo para ocultar este o aquel aspecto de su vida, ni para presentar de sí mismo una imagen halagüeña.

Su única intención es la de exponer del modo más representa­tivo, con todo el relieve necesario, la his­toria de su vida de hombre miserable, mez­clada con la historia de sus afanes y de su pensamiento. Consignó en sus cuader­nos y reprodujo en su Diario impreso los pequeños hechos cotidianos, aun cuando fueran insignificantes, y también sus des­cubrimientos espirituales, el comentario li­túrgico del día, las notas sobre sus lectu­ras y los extractos de su correspondencia. El escritor de libelos, el hombre del dolor y el contemplativo se expresan de un mis­mo modo en estas páginas, donde el grito es más frecuente que el análisis del yo, al que nos tienen acostumbrados los autores de diarios íntimos. No hay casi en toda la literatura autobiográfica un libro tan des­garrador como El mendigo ingrato, de tan provocativo título. Pero tampoco lo hay que haya logrado retener mejor, en un lenguaje de incomparable belleza, las ilu­minaciones espirituales y los movimientos de adoración de un alma profundamente mística.