El Encanto Otoñal, Joseph von Eichendorff

[Die Zauberei im Herbste]. Fábula del poeta romántico, publicada en 1808.

Ubaldo, cabalgando por un bosque, tiene un extraño encuentro con un ermitaño, con el que hace tanta amis­tad, que le persuade para que le visite un día en su castillo. Nadie sabe el nom­bre del ermitaño, ni él se lo dice, cuando les cuenta a Ubaldo y a Berta, su mujer, la historia del pecado que ahora trata de expiar con la soledad perpetua. En la na­rración, sin embargo, se emociona al re­cordar a su perdido amor. A causa de una dulce muchacha, no fue a la Cruzada en la que debía tomar parte en unión de su me­jor amigo. Pero fue inútil la deshonrosa renuncia, porque durante mucho tiempo no volvió a ver a la mujer amada.

Hasta que un día, atraído por misteriosos sonidos, la encontró y ella le reveló que su amigo le había traicionado, forzándola a prometerse a él: nunca más los amantes debían volverse a ver, hasta la muerte del presun­to esposo. Pero otra noche de luna, el des­tino puso frente a frente a los antiguos amigos, y el ermitaño mata en lucha a su rival, de modo que puede conseguir a la mujer amada, y vive con ella en su castillo. Pero a poco, ella comenzó a entristecerse, a enmudecer, a enfriarse hasta hacerse de piedra. Huyó entonces él un día de otoño, y, errando por el bosque, de modo misterio­so, se halló envuelto en una luz de auro­ra sobre la cima de un monte, consciente de su gran pecado, frente a la terrible jus­ticia divina. Aquí termina la narración del ermitaño. Ubaldo y Berta, se miran asom­brados y le llaman por su nombre: «¡Rai­mundo»!, tratando de explicarle cómo ocu­rrieron las cosas en realidad.

Ubaldo es su viejo amigo, ni traidor ni muerto, y Berta es la mujer que Raimundo amó sólo secre­tamente. Todo lo demás es obra de su fan­tasía enferma. Pero nada puede curar a Raimundo. El desdichado huye hacia su antiguo castillo, desde muchos años aban­donado, y entre el ulular del viento vuelve a tener su insana visión. El motivo recuer­da al Fiel Eckert y los Tannenhciuser (v.) de Tieck. Pero la lengua es una melodía leve e imprecisa, propia de la prosa narra­tiva de Eichendorff. También es nuevo y propio de Eichendorff el contraste entre el mundo fantástico y el mundo real, el tra­ducir los hechos reales en mundo poético, hasta hacer que se pierdan las trazas de la realidad.

G. Federici Ajroldi