El Duque Ernesto

[Herzog Emst]. Título de un fragmento épico de 1180 en dia­lecto franco-renano, de autor desconocido, escrito en el habitual verso de cuatro ictus con rima impura. Una completa elaboración homónima del mismo cuento fue llevada a cabo aproximadamente en 1210-20 por un escritor franco-renano qué sufre la influen­cia de Wolfram von Eschenbach y de Ulrich von Tazikhoven. Otra elaboración, a finales del siglo XIII, también anónima, recuerda el estilo de Ulrich von Eschenbach. Existen además: una redacción latina de 3.600 he­xámetros compuesta en 1206 por Odo de Magdeburg, una segunda redacción latina en prosa de la segunda mitad del siglo XIII, una traducción alemana en prosa de esta última redacción, del siglo XV, que se con­servó hasta el siglo pasado, y un canto popular probablemente del siglo XIV.

El ar­gumento del cuento es de origen histórico, y se basa sobre dos episodios de rebelión, uno (953) de Ludolf, hijo de Otón el Gran­de, y el otro (1025) de Ernesto (v. Duque Ernesto), hijastro de Conrado II de Suabia. De estos dos episodios el poema toma los héroes más populares, y precisamente del primero Otón el Grande y del segundo el duque Ernesto, y además sustituye «Suabia» por «Baviera», pues esta última región es preferida en la literatura güelfa entre 1160 y 1180 y porque en Baviera es más ve­rosímil una actitud de rebelión contra el emperador (como demuestra también el epi­sodio paralelo de Adelger en la Crónica de los Césares). En la primera parte del poe­ma, Adelaida, madre de Ernesto, casa en se­gundas nupcias con Otón, quien adopta a Ernesto y le nombra consejero suyo.

Pero las relaciones entre los dos van empeo­rando: Ernesto mata al conde palatino En­rique y llega hasta a amenazar a su padras­tro. Después de esto es obligado a huir, desterrado, y se le combate. Al cabo de cinco años de guerra Ernesto marcha a Tierra Santa. En la segunda parte se narran vici­situdes y sucesos milagrosos al estilo del Viaje de Alejandro. Con su amigo Wetzel (históricamente Werner von Kyburg) ocu­rren a Ernesto aventuras fabulosas de todo género, naufraga contra la roca magnética, encuentra a hombres con cabeza de pájaro, pies planos y largas orejas, marcha al país de los gigantes y de los enanos, vive con los cíclopes y engaña al grifo. Finalmente com­bate en Jerusalén contra los infieles y re­gresa a su patria donde en la catedral de Bamberg se echa a los pies del emperador y, gracias a la intercesión de los príncipes, es perdonado y recobra los antiguos hono­res. La torpe ingeniosidad de las aventuras en las que se adivina el Oriente, y la falta de la «Minne» (amor) como motivo central hacen dudar acerca del carácter puramente cortesano del poema. En lugar del amor con la mujer, hay amistad entre hombres (Ernesto-Wetzel); Adelaida, la madre de Ernes­to, bajo ciertos aspectos recuerda a las figuras de las santas que gustaban en la primera Edad Media, aunque tenga a veces acentos modernos.

M. Pensa

*     Del relato tradicional, Ludwig Uhland (1787-1862) sacó la tragedia en verso y en cinco actos, Ernesto de Suabia [Emst von Schwaben |, representada por primera vez el año 1819 en Hamburgo y luego en Stutt­gart. Conrado es elegido emperador y obli­gado a apresar al hijastro Ernesto de Sua­bia que intenta levantarse en Württemberg. Gracias a las súplicas de su madre Giselda, es liberado con dos condiciones: que jure fidelidad al emperador y que destierre de su reino a Werner, el único conde que en la hora de la desgracia le había per­manecido fiel. Ernesto no se somete a esta segunda condición y él mismo es desterrado y excomulgado. En su lugar es elegido duque de Württemberg un hermano suyo, Hermann.

Ernesto es obligado por lo tanto a vivir escondido en los bosques, sin cruzar nunca las puertas de ninguna ciudad, pero en su vida errante unos amigos fieles se le juntan: Werner, el conde Odo, Hugo —el padre de la muchacha a la que él ama, aho­ra monja—, y Adalberto, que un día, yen­do de caza, mató por equivocación a su pa­dre y ahora intenta aplacar sus remordi­mientos salvando al hijo. Pero la pequeña pandilla de revoltosos que, habiéndose en­terado de la muerte de Hermann, está pre­parando un plan para la reconquista del ducado, es alcanzada por los imperiales. Werner muere entre los brazos de Ernesto, que también halla la muerte. La recons­trucción excesivamente minuciosa del hecho histórico y la personalidad del dramaturgo siempre presente en digresiones que retra­san la acción dramática, contribuyeron a hacer poco apta para la representación esta tragedia. En efecto, fue acogida desfavora­blemente por el público, ya en Hamburgo, ya en Stuttgart. Algunas escenas, sin em­bargo, especialmente las de Giselda y Adal­berto, de Ernesto que se acuerda de su amada, y otras en que se repiten motivos predilectos ya desarrollados en sus Poesías (v.), son poéticamente perfectas.

G. Federici Ajroldi