El Deseo bajo los Olmos, Eugene Gladstone O’Neill

[Desire under the elms]. Drama en tres partes del escritor Eugene Gladstone O’Neill (1888- 1953), publicado en 1924. Estamos en 1850 en una granja de Nueva Inglaterra. El dueño de esta factoría, Ephraim Cabot, es, tal como él mismo se define, un «hombre duro». Ha resistido las tentaciones de marchar a California en busca del oro fácil, fanáticamente convencido que el deber que Dios le ha encomendado es el de crear en una tierra desierta, campos, pastos y rique­za. Ha tenido dos mujeres, y las dos han muerto porque a causa de su fragilidad no han podido resistir el ritmo despiadado de trabajo que el viejo se imponía a sí mismo y a los demás. Ahora, aunque pasa de los setenta, empujado todavía por su vitalidad poderosa, se casa con una mujer joven, Abbie Putnam. Sus hijos mayores, al ver que van a perder la herencia, marchan en busca de fortuna, en tanto que el pequeño, Eben, decide quedarse, luchar contra la ex­tranjera y defender lo que les pertenece. Y he aquí — más fuerte que el odio y la desconfianza — que un deseo puramente fí­sico, que parece emanar de la misma tierra encendida, de los olmos «que tienen en su aspecto una maternidad siniestra, un absorbimiento agobiante y celoso», empuja inexo­rablemente a los dos jóvenes el uno hacia el otro.

Nace un hijo que el viejo cree suyo y al cual, contento y feliz como si se tra­tara de un milagro, decide dejar la gran­ja. Pero cuando Abbie ve surgir en Eben la sospecha de que ella se ha servido de él como un instrumento para su ambición, y ha querido el hijo para aferrarse a la casa y a la tierra, ahoga al niño creyendo, en su mente oscurecida y trastornada, des­truir así la sospecha y dar una prueba de su amor. La angustia de Eben es terrible, pues amaba a la criatura más que a otra cosa en el mundo. Cuando Abbie le declara su delito, corre a denunciarla; pero después comprende, si bien algo turbiamente, el motivo profundo del acto criminal y reco­noce la fatalidad del delito, nacido de la tenebrosa naturaleza de su amor; perdona a la mujer, carga con su parte de culpa, y los dos marchan a prisión con la con­ciencia de estar unidos por la vida y por la muerte, que deberán afrontar juntos, «todo el bien y todo el mal». El viejo Ephraim, a quien ha sido revelada la ver­dad, vuelve a su trabajo, a la granja, que es en realidad su único amor. Está solo, pero — concluye orgullosamente — «también Dios está solo».

En El deseo bajo los olmos aparecen expresados con fuerza dramática insuperable, los habituales motivos del tea­tro de O’Neill: pasiones crudas, brutales, inexorables como el instinto del cual na­cen, e identificadas con un elemento natu­ral. Pero ya como en Anna Christie senti­mos como un anhelo de redención: la pe­queña claridad que en la última escena se hace viable en el alma de los dos culpa­bles, rodea de un hálito de luz de oro la trágica crueldad del instinto y parece triun­far por un instante de la siniestra obse­sión que domina a la casa situada bajo los olmos.

A. P. Marchesini