[Le débat de Folie et d’Amour]. Diálogo en prosa de la poetisa francesa Louise Labé (1520?-1565), una de las joyas de su producción recopilada antes en Lyon en 1555.
Es la narración de una finísima alegoría: en un festín organizado por Júpiter, Amor y Locura llegan juntos a Palacio, y mientras uno va a entrar la otra le intercepta el paso. Amor se encoleriza y Locura se pone a discutir defendiendo su derecho de precedencia. Viendo que todas las palabras serían inútiles, el dios intenta herirla con una flecha, pero ella se hace invisible; y para vengarse le saca los ojos y luego le pone una venda que no podrá quitarse nunca más. Venus se queja a Júpiter por la malvada acción hecha a su hijo; Júpiter escucha la causa de tan gran contienda y luego pide la opinión de Apolo y Mercurio. Estas divinidades sostienen las razones de uno y de otra, pero Júpiter, después de haber pedido su opinión a los dioses, dicta la sentencia. La obra nos lleva de nuevo a toda una tradición literaria que, de Cicerón a Bembo, de Alberti a Nifo y a Erasmo, hacía referencia a cuestiones de filosofía. La vivacidad de la controversia no excluye que la Labé se manifieste con mucha finura de observación al describir el comportamiento de los enamorados, sus sueños y su manera de conseguir su ideal; las mismas argumentaciones de la Locura muestran la autenticidad de una pasión que hace comprender la vida idealizando los deseos sensuales hacia una esfera más espiritual.
La vida aventurera y los amores de la «bella cordelera» de Lyon, tan famosa entre sus contemporáneos, dan a los diferentes razonamientos unas veces el carácter de un galanteo, otras el de una requisitoria en toda regla; la vida galante del XVI, el recuerdo del amoroso Petrarca y los peligros de las incautas pasiones están representados de una manera que da nueva vida a una materia ya gastada por la tradición literaria. La composición, que fue llamada por Voltaire la más bella fábula moderna, supera a todas las discusiones sobre el amor que en aquel momento histórico tan caras eran a todos los espíritus, para elevarse a una armonía muy suya, hecha de una sonriente comprensión de los defectos y pasiones humanas.
C. Cordié

