El Criticón, Baltasar Gracián

novela filosófica

Critilo, que va por el mundo buscan­do a Felisinda, la esposa que le fue raptada, es víctima de un naufragio junto a las costas de Santa Elena. Le sal­va a nado un joven que allí vive en estado de naturaleza. Critilo se da cuenta de que su salvador no sabe hablar y en poco tiempo le enseña y le bautiza con el nombre de Andrenio. Los dos protagonistas se dirigen entonces ha­cia España. En Madrid, el joven se deja seducir por las malas artes de Falsirena, y entonces Critilo no vacila en pintarle la naturaleza, las astucias y las malas artes de las mujeres.

La primera edad del hombre, la juventud alo­cada, dominada por el amor, ha terminado. Se inicia en­tonces la edad madura, que hace a los hombres reflexi­vos y activos. Los dos peregrinos que salen del país de la juventud ascienden la montaña que se encuentra en su frontera y en su cumbre encuentran la hospitalidad de Salástano —nombre que oculta probablemente el de Vincencio Juan de Lastanosa— y visitan su biblioteca y mu­seo. Prosiguen su viaje hacia Francia, la tierra del arte y de la vida práctica. Allí se encuentran a la Ninfa de las bellas artes y de la literatura, mientras Critilo enseña a su discípulo la manera de juzgar concretamente; luego vi­sita la ermita de Hipocrinda, es decir, el disimulo, para pasar, por último, el Arsenal del valor, a la corte de Ho- noria, diosa de la reputación y a la casa de los locos, don­de asisten a la representación de toda la humanidad.

Será en esta simbólica tierra de Francia donde Critilo mostra­rá toda su habilidad dialéctica en el arte de juzgar, dan­do a conocer a Andrenio la manera en que debe actuar para conquistar honor y fama en lo que es la palestra de la humana y universal locura. Pero ya los peregrinos han llegado al invierno de la vejez. Éstos se dirigen a Roma, la ciudad de lo eterno, pasando por el palacio de la Ve­jez y por el de la Embriaguez. Tienen como guía al Acertador, el Descifrador y el Zahori, que les introduce dentro de la fortaleza de los aventureros.

Aquí Andrenio se hace invisible como todos los que se encuentran junto a él, hasta que le da de lleno la luz de la desilusión. Sim­bólicamente Gracián nos da a conocer la verdadera vida del espíritu que se repliega sobre sí misma hasta encon­trar lo eterno. De este modo los dos peregrinos llegan a Roma, donde asisten a una sesión de la Academia; lue­go, desde lo alto de una de las siete colinas, contemplan la rueda del tiempo, la fragilidad de la vida humana y la muerte.