El cortijo, Federico Tozzi

[Il podere]. Novela de Federico Tozzi (1883-1920), publicada póstuma en 1921.

A Remigio Selmi, empleado en una estación de provincia, le llama urgen­temente su familia, porque en la casita pró­xima a Siena, su padre, gravemente enfer­mo, está a punto de morir. El joven ha­lla en su casa la opresiva atmósfera de la que había huido, creada por el carácter del padre y la hostilidad de la madrastra, y agravada en estos momentos por la presen­cia de Julia, amante del viejo Selmi. A la muerte de éste, la situación se complica; en torno a Remigio bullen los odios susci­tados por el padre y por la codicia de am­bas mujeres, cuyos intereses son opuestos. El protagonista es demasiado joven e inep­to para desenredar la embrollada madeja; creyendo que con buena fe se llega siempre a conciliar a los hombres entre sí, Remi­gio, con su modo de obrar, provoca sola­mente nuevos conflictos y ruinas. Julia, con el apoyo de dos falsos testigos, reclama una suma que afirma haber prestado al muerto; para defenderse de tantas exigencias, Re­migio se enreda entre abogados y letras de cambio. Un incendio provocado y un pe­queño hurto de ciruelas acrecen el males­tar que ya está en su estado más agudo. Remigio, liberado de su empleo, había ha­llado en las labores del campo una paz que le era desconocida; pero la desconfian­za de la madrastra, la turbulencia de las pasiones encontradas, los embrollos, y la mala voluntad de todos, no le consienten disfrutar de la felicidad apenas entrevista.

La tensión de los ánimos y la turbación a causa de los intereses provocan la tragedia: un día, la víspera de la venta forzosa del cortijo, Remigio es asesinado a traición por Berto, uno de los campesinos que más de­testan al nuevo dueño. El argumento se desenvuelve con viveza y con visión per­fecta del país descrito y de la historia ín­tima y pobre del protagonista; el tono pun­zante y acre que subraya algunas confesio­nes puede hacer creer en referencias íntimas a la vida del autor. El lirismo, él drama­tismo de la narración, sentidos y expresa­dos con gran sencillez de medios, hacen de ésta la obra más característica de Tozzi, de su dolorida inspiración, dominada por el sentido de la incapacidad de vivir. Más que en Tres Cruces (v.), la representación lineal llega a crear el sentido dé lo ineluctable que gravita sobre las personas y las cosas. El mismo final, con la granizada que echa por tierra pámpanos y uvas verdes, en tan­to que la madrastra llorosa hace cubrir el cadáver del muerto con la tela encerada del carro, muestra el mudo y doloroso aban­dono a las fuerzas de la naturaleza, tan frecuente en las obras de Federico Tozzi.

C. Cordié