El Compañero de los Ojos sin Pestañas y otros Éstudios que Tratan del Vivir Inimitable, Gabriele D’Annunzio

[Il compagno dagli occhi senza cigli e altri studii del vivere inimitabile]. Es el segundo tomo de las Chispas del mallo (v.), de Gabriele D’Annunzio (1863- 1938), publicado en 1928. Da nombre al libro y ocupa exactamente la mitad de él una lar­ga narración en prosa, fechada en 1900; de la cual incluso los fragmentos publicados por separado en el «Corriere della Sera» en los años 1911-1914, como Chispas (y para los cuales nos falta una confrontación exac­ta) giran en torno de un solo tema: un in­quieto presentimiento de soledad y de glo­ria entresacado, igual que el tema del Se­gundo amante de Lucrezia Buti (v.), de los presagios de la adolescencia: desde el apa­sionamiento por Napoleón y las inquietudes y escaramuzas del colegio hasta el episodio culminante del poeta-niño, que desde la pri­sión se evade hasta los tejados entre las golondrinas y bajo la lluvia.

Aquí la prosa nace (o asegura que nace), como toda la de las Chispas, en las causas insertadas entre otra obra más considerable, que en este caso es el Fuego (v.), la novela por excelencia del dominador triunfante; el tono sombrío, los repliegues y la melancolía propios de las Chispas no sólo no se pierden sino que se acrecientan porque los sentimientos sobre­humanos de la novela son tan sólo un regis­tro más del contrapunto que se quiere ejecu­tar en la nueva prosa, como del hoy al ayer; así también desde aquellos sentimientos ra­diantes a la turbación y a la amarga pie­dad por el caso humano que llama a la puerta del Superhombre bajo la forma de un antiguo compañero de colegio, Darío, su preferido, a quien la vida ha hecho insigni­ficante y digno de lástima en la misma me­dida que D’Annunzio lo ha elevado con vic­torioso orgullo. El compañero de los ojos sin pestañas, dice el título: particularidad física que en la antigüedad era apreciada, y que hoy nos resulta casi repulsiva, pero in­deciblemente mezclada a la compasión, al amor de antaño. Este continuo pasar de un tono a otro, que es la música de las Chispas, aquel rememorar (como se dice en el Segundo amante de Lucrezia Buti) que no es «haber vivido ni revivir, sino que es vivir en el vivir»; el punto de par­tida y el planteamiento de la obra son una mina de excelentes ocasiones para el des­arrollo de la nueva musa d’annunziana. También aquí los términos puristas vuel­ven a la boca del chiquillo atormentado; pero «los había proferido en contradicción conmigo mismo, de. la misma manera que ahora pronunciaba otros disidentes por com­pleto conmigo, extraños a la nobilísima vida de mi ser profundo, sonoros y fal­sos y no obstante tocados de no sé qué soplo de afanes desconocidos, de un secreto frenesí, de un impreciso descontento».

Y vol­viendo del ayer al hoy, del niño al hombre, escribe más adelante: «Hablo como quien, teniendo miedo en la obscuridad, cree poder tomar a broma las tinieblas y los fantasmas». Aquel hálito de angustia y aquel casi terror a la oscuridad, sostiene la obra página por página, mucho mejor que el ya indicado propósito, el cual habría podido ser por sí mismo, no menos auto laudatorio que los del Fuego. El mismo ambiente del colegio, tan­tas veces descrito, se aúna hasta formar una sola cosa fabulosa con aquel hálito de angustia. Poco más vale la pena de añadir del Darío niño: que, de la misma manera que Frontino (en el Segundo amante de Lucrezia Buti) no era más que el comentario melancólico y tierno de la ávida sensua­lidad del niño-poeta, del mismo modo Darío es la melancolía de la orgullosa soledad; y el aspecto miserable de Darío hombre, es el resorte de todo lo demás, pero poéticamente, de por sí, convence menos, cuanto menos concuerda la melancolía con el sentimiento que el poeta tiene de la propia soledad ac­tual.

En resumen, el centro poético de D’Annunzio auto biografiando sus años juve­niles, como de todo el D’Annunzio de las Chispas, no es ni la sensualidad ni el orgu­llo, sino la melancolía de ambos, aunque sólo sea melancolía en cuanto presentimien­to fatal. Y solamente perjudica a la compo­sición todo lo que sobrepasa (un poco de excesiva oratoria y una suntuosidad de ca­dencias) la pura invención y la escritura desenvuelta de las obras mayores. De las de­más prosas del libro (entre las cuales hay algunas de época posterior a la de las Chis­pas), es interesante recordar «Sobre un maestro adverso» [«Di un maestro avverso»], dedicada a Carducci, «Sobre la enfer­medad y sobre el arte de la música» [«Della malattia e dell’arte della música»], en me­moria de Giacosa; pero, sobre todo, «Exe­quias de la juventud» [«Esequie della giovinezza»], donde la sensación de fábula de melancolía y de inquietud dominante en las Chispas se recoge con infinita gracia en el imaginario regreso junto a la madre, en las palabras de la fábula («¡Ah, cuánto os ha­béis hecho esperar!», que son las palabras de la Bella Durmiente al Príncipe Azul) donde la pena y el deseo de ella se mani­fiestan callando. Al final del volumen hay una composición en verso, «Encomio del bronce» [«Encomio del bronzo»], ya pu­blicada en una revista en 1906; se trata de sonoros cuartetos endecasílabos que en vano intentan recordar la música de los que se encuentran en Alción (v.) y repiten por ené­sima vez la alabanza al Artista Creador.

E. De Michelis