[Le bestiaire ou Cortége d’Orphée]. Obra del poeta Guillaume Apollinaire (Wilhelm Apollinaris Kostrowitzky, 1880-1918). Este pequeño libro, publicado en 1918, con ilustraciones de Raoul Dufy, es una de las obras más perfectas de Apollinaire y se trata de un conjunto de cortos poemas presentados en forma de epigramas cuyo tema son los animales. El autor, hombre de gran cultura y erudición, conocía perfectamente los «bestiarios» de la Edad Media, en los que se enumeran las peculiaridades y propiedades de los animales. De un modo sutil, sin caer jamás en lo «libresco», Apollinaire alude a veces a curiosos detalles de los viejos bestiarios, tomando de ellos, cuando viene a ocasión, el dato fantástico o el giro arcaico. Las ingenuas creencias antiguas sobre unas moscas que los fineses y lapones juzgaban nacidas de los copos de nieve o sobre el alción, ave fantástica que gozaba del privilegio de calmar el oleaje cuando empollaba sus huevos, se mencionan aquí a través de notas que tienen el ingenuo sabor de. los textos medievales. En estos poemas, el genio de Apollinaire alcanza un grado de excelencia y un poder de captación como tal vez no lo había logrado en sus restantes obras.
El pensamiento más refinado se alía aquí con la espontaneidad expresiva hasta cristalizar en una sencillez, que ya nos había brindado en Alcoholes (v.) y en Caligramas (v.); ese acento de poesía popular, ese tono, a veces, de canción callejera, reaparece ocasionalmente en El bestiario. La emoción se acumula y se encubre al mismo tiempo en sus epigramas, como ya ocurría en los epigramistas griegos de la Antología ;palatina (v.) familiares a nuestro poeta, sin que esto le lleve a imitarlos, sino a encontrar instintivamente la secreta y delicada melodía, hecha de matices y de medias tintas. A través de la encantadora familiaridad de estos retratos de animales, pintados a menudo con una gracia burlona, se trasluce la magia que evoca y transfigura. Corrientemente, éste o aquel animal se suele erigir en símbolo del amor o del dolor del poeta, sentimientos que púdica y reservadamente se ocultan tras la máscara del humor. Cuatro o cinco versos le bastan a Apollinaire para trazar la pintoresca fisonomía del personaje zoológico de turno, sugiriéndonos, al mismo tiempo, el simbolismo que le informa y sus relaciones claras o veladas con el propio poeta. La aparente displicencia de estas pequeñas estrofas podría inducir al lector a pensar que se trata sólo de una diversión, de «fantasías», cuando, en realidad, el arte con que están compuestas y su musicalidad y belleza formal hacen de ellas auténticas obras maestras; diminutas obras maestras, si se quiere, pero no por eso menos valiosas, pues el verdadero peso de un poema no lo da la cantidad, sino la calidad, su belleza. Imposible no rendirse ante la perfección de la expresión poética contenida, por ejemplo, en la serpiente: «Te cebas con la beldad / ¡Y cuántas mujeres han / sufrido tu crueldad! / Eva, Eurídice, Cleopatra; / aún me acuerdo de una cuarta». Virtuoso de «poemas de circunstancias», cartas a los amigos, brindis y dedicatorias, Apollinaire ligaba la poesía a todos los acontecimientos de su vida. Este bestiario poético que hace desfilar tras las huellas de Orfeo, constituye un precioso jardín zoológico, en cuyo umbral, junto al cantor tracio, figura un Pegaso a quien el poeta dirige este altivo apostrofe: «Mis duros sueños formales serán tu cabalgar, / mi destino al carro de oro, tu bello auriga será, / que, por tensas riendas, mantendrá con energía / mis versos, el paradigma de toda poesía».

