Églogas de Dante

[Egloghe di Dante]. Son dos composiciones bucólicas en latín escritas por Dante Alighieri (1265-1321) en el último bienio de su vida y publicadas por vez primera en 1719 en Florencia. Mo­tivó estas églogas una epístola de tipo horaciano que Giovanni del Virgilio, lector de poesía latina en el Estudio de Bolonia envió a Dante a fines del 1319. Ensalzando en él el «alma voz de las Musas» [«Pieridum vox alma»], Giovanni del Virgilio, que conocía los dos primeros cantos de la Divina Come­dia (v.), se lamentaba de que tantos teso­ros de ciencia y de arte fuesen prodigados a gentes incultas. Por este motivo proponía a Dante que cantase en lengua latina algu­nos sucesos de la historia contemporánea, persuadido no sólo de que así los subs­traería a la voracidad del tiempo, sino que se ganaría la admiración de los doctos, que no conocían sus méritos de poeta, porque se desentendían de la lengua vulgar.

Gio­vanni del Virgilio no pedía más que ser el pregonero de la gloria de Dante, presentándolo en las escuelas de su docta ciudad con las sienes ceñidas por el laurel triun­fal. Ante tal afectuoso testimonio de reve­rencia y estimación, Dante contesta con una égloga pastoril, donde, a imitación de la primera égloga de Virgilio, se oculta bajo el nombre de Títiro, mientras que bajo el de Melibeo designa al florentino Dino Parini, más joven que él v como él deste­rrado a Ravenna. Al atardecer, bajo una encina, los dos pastores van contando el rebaño que han llevado a pacer, cuando llega la epístola de Mopso, denominación virgiliana del maestro boloñés, Melibeo tie­ne curiosidad de saber su contenido y Títi­ro, después de haberle dicho que no son para él los pastos de Arcadia donde Mopso modula sus cantos, le dice que éste le invita a ceñirse de laurel.

Melibeo se alegra de ello, considerando que Títiro es merecedor de tal premio: y éste, aun lamentándose de que la poesía, salvo por Mopso, ya no es apreciada por nadie, se entrega al sueño feliz de cantar el himno del triunfo con la fren­te coronada. Pero no en los lugares donde mora Mopso, sino a orillas del Arno, no en Bolonia, sino en Florencia, y por su Di­vina Comedia, quisiera Dante ser coronado como poeta [«Quando le sfere rotanti del mondo e i beati saranno nel mió canto palesi come gia i regni inferiori, sará bello incoronarmi il capo con redera e Valloro»; Paraíso [XXV, 1 s.]. Es verdad que Mopso desprecia el idioma vulgar, pero Títiro le mandará diez cántaros de leche ordeñada de una de sus ovejas predilectas, con lo que probablemente alude a diez cantos del Pa­raíso. Después de este ensayo de poesía lati­na, que se manifiesta en una viva y dramá­tica representación, Giovanni del Virgilio, recogiendo él también las formas de la églo­ga virgiliana, contestó a Dante; y dándole el nombre de nuevo Virgilio, o mejor aún, de Virgilio redivivo, renovó su invitación de trasladarse a Bolonia, donde juntos y con voces distintas podrían hacer oír sus can­tos entre un alegre coro de amigos y admi­radores. Y Dante, posiblemente ya en el último año de su vida, replicó con una se­gunda égloga, narrando, bajo el nombre de Títiro, las afectuosas solicitaciones de que era objeto por parte de las personas queridas que le rodeaban en la laboriosa quietud de Rávena.

Mientras Títiro se halla en coloquio con el pastor Alfesibeo, es de­cir, con el maestro Fiducio dei Milotti, mé­dico llega inesperadamente de Certaldo Melibeo, trayéndole afanoso el poema que, como respuesta, le envía Mopso, y le hace oír la dulce melodía. Todos temen que Tí­tiro ceda a la invitación de Mopso y deje — puesto que la escena está situada en Sicilia— las fértiles tierras de Peloro (Rá­vena) por las pétreas cavernas etneas (Bo­lonia), donde reina el fiero Cíclope. Con ferviente afecto Alfesibeo ruega y conjura a Títiro para que no abandone las fuentes y los pastos que ha ilustrado su nombre inmortal; y Títiro le tranquiliza: Mopso, que como él es amigo de las Musas, cree que habita en las playas adriáticas y por esto le ensalza los pastos del Etna; en cam­bio él vive espiritualmente, en la parte me­jor de la Trinacria, donde reina la paz, y en el silencio contemplativo se abre la flor de esa pura poesía que en nosotros es la naturaleza. Para ver a Mopso él iría a Bolo­nia; pero no irá por miedo a Polifemo; es decir —prescindiendo de toda identificación histórica de este personaje, puesto que es incierta y dudosa— él no dejará una morada tan tranquila y decorosa por otra que no le inspira mucha confianza.

Las dos compo­siciones, inspiradas en la égloga virgiliana y cuyo estilo y movimientos reproducen,, son claro testimonio del arte de Dante, que en un momento de feliz entrega sabe remontarse desde el latín escolástico de sus obras en prosa y dejar paso también al poeta. Su ficción bucólica, casi siempre ligera y trans­parente, no es más que un medio para dar un fondo a la escena, donde la acción está puesta al servicio de una representación que perfila caracteres y se desenvuelve en no­tas profundamente humanas. Por encima del lenguaje ingeniosamente elaborado y ten­so, las figuras se individualizan en forma dramática: Títiro, con su fe en el valor de la poesía y su sueño de gloria; Melibeo y Alfesibeo, con su devoción al «divino an­ciano» cuya presencia honra el lugar de su común destierro. Y todo en una atmósfera de tierna afectuosidad y de consonancias espirituales íntimamente activas y profun­das, que nos hacen pensar en algún episodio del Purgatorio.

M. Casella