Edipo, André Gide

[Oedipe]. Drama en tres actos de (1869-1951), publicado en París en las Ediciones Gallimard en 1931 y representado al año siguiente. A pesar de ser Sófocles la fuente en que se inspiró Gide no por ello resulta menos original la obra, pues él la renovó enteramente bajo todos los puntos de vista. Si efectivamente Gide considera la figura de Edipo, lo hace sobre todo para limpiarla de la pátina del tiempo, prestarle su más íntima inquietud, y enriquecerla con expresiones inéditas. De tal modo, que puede asegurarse que más interpreta sus propios sueños que el modelo de Sófocles. Sobre el texto griego com­pone las variaciones.

Habiendo decidido reducir a drama la tragedia en cuestión, se permite ciertas licencias: incorpora a lo trágico, lo familiar, lo trivial y lo burles­co. Tal mescolanza en Gide no deja de sorprender. Este autor, que por propia na­turaleza siente la vocación clásica, rechaza, de ordinario, la confusión de los géneros. Todo ello no es obstáculo para que su Edipo, tal cual, constituya un motivo de maravilla en el plan de la composición. Va­yamos al nudo de la cuestión: abordando el problema de la libertad humana, Gide se mantiene hasta el final en la más absoluta negativa. Por el hecho mismo de la pre­destinación el hombre está fuera de toda posibilidad de obrar libremente. Y enton­ces, ¿cómo podrá ser responsable de sus actos? Edipo se lamenta: «lo que he hecho, no podía dejar de hacerlo».

De este modo se subleva contra el sacerdote Tiresias, que le invita a arrepentirse. Amasando contra Dios un tesoro de cólera, osa incluso acusarle de impostor: «Ruin traición de Dios, no me pareces tolerable». En consecuencia, aspira a liberarse de la tiranía de este Dios, que todo nos lo muestra como demasiado inclinado a empujar a la especie humana al camino del Mal. En suma, el drama se remite a un vasto debate moral. Si bien está pleno de anacronismos, cultiva el humor y bordea la parodia, abunda asimismo en pro­fundas y agudas pinceladas. Tanto por su concisión como por su patetismo, constituye un compendio del pensamiento de Gide. Es preciso, además, admirar la soberana sol­tura del diálogo. Una partitura de orques­ta reducida para piano, tal es en definitiva la impresión que deja este drama.