Doña Rosita la Soltera o el lenguaje de las flores, Federico García Lorca

Lorca llamó a esta obra «poema granadino del novecientos». En este subtí­tulo quedan condensados los valores de la representación. Porque muy poco sig­nifica la anécdota que ahíla estas páginas: Rosita está enamorada de su primo; en Tucumán esperan la vuelta del muchacho para trabajar en la gran hacienda. La partida va acompañada de promesas y juramentos y largas esperas. El tiempo enfría las car­tas, pero no el corazón de Rosita. Pasan quince años, y espera; pasan veinticinco años, y espera. Aunque sepa que la infide­lidad se ha cumplido y que sólo quedan sus larguísimas esperas, vacías ya y sin sen­tido, pero dulcemente llenas de un recuerdo encariñado y de la imposible emoción de lo que no se logrará.

Con los años ha lle­gado la ruina de la casa; cada arruga so­bre el rostro de Rosita exige un nuevo sacrificio material; al final, el carmen, la vida ilusionada, los días de felicidad, se liquidan definitivamente y con ellos la tier­na ficción de doña Rosita, la frágil criatu­ra de hace un cuarto de siglo. Todos los personajes de este «poema» están transidos por una humana, ahondada, ternura. El ca­riño apasionado hasta la abnegación del Tío, repartido entre las rosas y Rosita; la firme inquietud de la Tía; el silencioso sa­crificio de la criada. En torno a estas figu­ras, la emoción de la Madre y las tres Sol­teronas, el canto gozoso de las Manolas y —humanas, con su divertida crueldad — las dos Avolas. Emoción, grande, en don Mar­tín, el profesor de retórica, como un vien­to de ternura y de dolor que llegará un momento a la escena y burla —juego, gra­cia — en el catedrático de Economía.

Sobre todos —un poco espejo de la vida de los demás —, Rosita, firme en su amor, aun después del fracaso, llena de emoción en cada uno de sus pasos y abrumada quie­bra en la última liquidación. Si ésta es la obra y éstos los personajes, hay algo que vale más. Es el ambiente. Hecho del alma de todas las figuras y conformador de los espíritus que cruzan la escena. El poeta ha querido rendir a su ciudad el tributo de estas estampas. En ellas está reunida esa pequeña historia que tanto sirve para ex­plicamos la grande. Inmediatamente surge la comparación con Mariana Pineda, En ambas obras, las pretensiones externas han sido totalmente distintas, pero en ambas se ha logrado captar con emoción la vida re­coleta de Granada: el aire impalpable, el agua en el surtidor, los nombres queridos de callejas y plazuelas. Para ello, el escri­tor ha necesitado verterse en efusión de amor y traer a sus páginas las iglesias, el folklore, las gentes, el espíritu y la gracia o la crueldad de su ciudad incomparable.

M. Alvar