Doctor Fausto, Ferruccio Busoni

Sacó una genuina inspiración de la le­yenda de Fausto, Ferruccio Busoni (1866- 1924) en la ópera en tres actos Doctor Faust, dejada incompleta, y terminada por Philip Jarnach. Primera representación, Dresde, 1925. El libro fue compuesto por el propio Busoni, sacándolo del antiguo espectáculo de marionetas a que recurrió también Goe­the. En el primer cuadro, Fausto evoca en su estudio los espíritus de Lucifer; por fin, se presenta Mefistófeles, que se anuncia «rá­pido como el pensamiento humano», y tie­ne lugar la escena del famoso pacto. Siguen la muerte violenta de Valentín, hermano de Margarita, y las aventuras de Fausto en la corte de Parma, que terminan con su fuga con la duquesa. En el segundo cuadro, Faus­to está discutiendo de filosofía cuando Me­fistófeles, disfrazado de mensajero, viene a anunciarle la muerte de la duquesa y traerle el cadáver de un niño, fruto de sus amo­res con ella. Y, mientras todos se horrorizan, Mefistófeles les tranquiliza haciéndoles ver que el niño no es más que un haz de paja, al cual pega fuego; de la llama se eleva una imagen de pura belleza, y cuando Fausto va a cogerla, se le escapa de las manos. En el último cuadro, ante la cate­dral de Wittenberg, Fausto da limosna a una mendiga en la que reconoce a la du­quesa de Parma, que le entrega al niño y desaparece.

Desesperado, se vuelve hacia la iglesia, pero la sombra de Valentín le prohíbe la entrada. Fija la mirada en el Crucifijo, pero Cristo toma el aspecto de la pagana Elena. Entonces, cada vez más aterrorizado, con un esfuerzo de voluntad, cumple la última magia. Luego cae muerto, pero su personalidad se transmite al hijo muerto, y del cadáver de éste surge un joven que lleva en la mano una rama flo­rida, símbolo del ideal humano, que no se destruye, sino que continúa en la huma­nidad. Pasa el guardián nocturno, que no es otro que Mefistófeles, y se carga al hom­bro el cadáver de su víctima. En esta obra, que es la más significativa y representativa de la estética busoniana, el interés del li­breto no es menor que el de la música, dada la extraordinaria potencia de imaginación y la viveza con que se contraponen los dos personajes de Mefistófeles (que en el fondo representa al hombre de humanidad finita y limitada) y Fausto, que representa al in­telecto que se hace acción, a lo sobrena­tural que hay en el hombre y que perdura aun después que su esencia terrena se des­truye.

Musicalmente, la obra es rica y ge­nial, aunque peca de excesivo intelectualismo, ya que realiza de lleno el principio busoniano de la música de ópera como ex­presión musical conclusa en sí misma: que puede adherirse sólo a aquel determinado asunto poético para el cual ha sido creada, pero que no se limita a describir o subra­yar lo que la escena puede dar por sí sola. La «Introducción», la magnífica «Zarabanda», que sirve de intermedio entre el pri­mero y el segundo cuadros, las mágicas notas que anuncian los varios sortilegios de Mefistófeles, figuran entre las páginas más bellas de esta ópera, que revela, por lo demás, un gran dominio de la técnica.

L. Fuá

El Doctor Faust es el credo artístico de Busoni hecho ópera. Es verdaderamente la conclusión y el resumen de su vida lírica, en la totalidad de las ideas y de la ejecu­ción, en poesía y en música. (G. Pannain)