[Ditirammu-Sarudda]. Este vivísimo polímetro en dialecto siciliano, publicado en 1787, en la primera intención no pretendía ser un ditirambo a la manera de Redí, sino la representación realista de una solemne borrachera que Sarudda, un mozo de cordel, asiduo frecuentador de cantinas y de lugares donde se bebe, y unos cuantos amigos, tan devotos de Baco como él, tomaron festejando las bodas de un vecino suyo, Tío Rocco, otro gran bebedor, cuyo sucio tugurio fue invadido aquel día por una turba de invitados peleones, chinchorreros vulgarísimos y sujetos deseosos de empinar el codo y hacer una buena comilona. Sarudda, con sus inextinguibles ganas de hablar, y su sed no menos inagotable, y con sus extrañas muecas hace de maestro de capilla de la descompuesta congregación. A
l momento olvida, en efecto, que es un campesino ignorante, y transformándose de improviso en portavoz del poeta, hombre de ciencia y filósofo, comienza a rivalizar con Redi, cantando las alabanzas de los vinos de Sicilia (trozo bellísimo, pero fuera de lugar e incongruente), refiriéndose luego a sus propios harapos, cuando entre los gritos, risotadas y palmoteos de la alegre concurrencia comienza a improvisar su testamento, un peregrino y burlesco testamento, lleno de continuos hallazgos cómicos y de agudísimos juegos de palabras.
Lástima que el poeta, por mantenerse dentro de las normas de Redi, dejara en un segundo plano este testamento, que, después de todo, era la parte central de la composición. Al terminar su trabajo, debió darse cuenta de los defectos del mismo, y cambió el primer título Lu tistamentu di Sarudda por el de Ditirammu. Es una de las más vigorosas obras del poeta de Palermo, que alcanzó en ella el máximo de su fuerza expresiva, con medios y lenguaje completamente dialectales y populares, en la descripción, incisiva y animadísima, de Sarudda que, ebrio de vino, se abandona vacilante en medio de la muchedumbre tumultuosa, y allá balbucea, se va cayendo, se yergue, va haciendo eses, le dan un empujón, se sostiene, gira, vuelve, vacila y da por fin con sus huesos en tierra.
A. Di Giovanni

