Diarios de Eichendorff, Joseph von Eichendorff

[Tagebücher], Los diarios fueron publicados en 1808 y comprenden los períodos de: 12 noviembre 1800-3 abril 1808; 7 octubre 1809-24 julio 1810; junio 1811-abril 1812. Políticamente es la época de la hegemonía napoleónica, en­tre la paz de Luneville y la guerra de li­beración; literariamente es la época del Romanticismo (v.). En medio de tantos torbellinos, los Diarios nos hacen asistir a la formación de un joven poeta.

Pri­mero se repite en ellos un hecho que, pensándolo, se nos aparece natural y sin em­bargo a primera vista siempre hiere: lo poco que repercuten los cataclismos políticos en la vida de los individuos que no están directamente afectados por ellos. He aquí: 2 di­ciembre de 1805 — Austerlitz —, el diario registra para todo el mes: — «En diciembre hemos tenido el placer de ver en el patio de los tres reyes, una gran ménagerie»; 14 octubre de 1806 — batalla de Jena —, el diario consigna: — «Para el 15 estábamos todos invitados a comer por el príncipe Lignowski, pero por la noche del 14 llegó una carta del príncipe revocando la invita­ción porque durante la caza, por una im­prudencia, el príncipe se hirió junto al ojo».

Hasta cuando la guerra se acerca embistiendo Silesia, donde los Eichendorff tienen su castillo y sus posesiones en la zona de Ratibor, el tono del diario es casi más divertido que emocionado; 7 de febre­ro 1807, la fecha de la batalla de Eylau que decidió la suerte de alemania Orien­tal: desde hace tres días se oye tronar el cañón desde el castillo de Lubowitz; el 6 toda la familia sube en fila hacia el molino de viento en la colina de Alascowitz para ver el humo del cuartel de Cosel que está en llamas; el 7, a las seis de la tarde, lle­gan corriendo al comedor con la faz des­compuesta el cervecero y su madre, con la noticia de que los bávaros han llegado a Ellgott, donde ha comenzado el saqueo, y el diario consigna: —«Pánico, susto… eran siete hombres y un suboficial… Habían be­bido un poco».

Lo que más interés suscita, es el paso de los dragones, que el Diario nos describe: —«Grandes capas blancas, yelmos con altas plumas». Poco más o menos como pocos meses después describirá — en Spira sobre el Rhin— la llegada de la caballería española «en rojo y negro… con el color de los gitanos… y con grandes piezas de madera en lugar de los estribos»; y tam­poco se olvidará de las campesinas que es­peran por los caminos — y que llaman la atención por su belleza— [«de estatura alta y esbelta, delgada cintura, grandes y re­dondos sombreros de paja»] —. Hasta la gue­rra se reduce a simple «manantial de nue­vas emociones». La razón no es que el joven poeta sea insensible a los dolores de la patria; cuando llegue la hora y la patria le llame a filas, el joven poeta — amigo de Korner — se enrolará con él en el cuerpo de «voluntarios» de Lützow.

Pero cuando no se toma parte en el com­bate, la vida hace valer sus derechos. Y el estudiante «hace el estudiante». Halle, Heidelberg, Berlín, Viena, son las etapas su­cesivas. Y por encima de todo, está la pro­pia vida: un poco de estudio —no mucho, pero con cierto empeño —, mucha vida de sociedad, mucha despreocupación estudian­til, visitas, diversiones, «flirts», un noviaz­go — también «el» noviazgo, el definitivo, el que no se rompe — y sobre todo, poesía — cada vez más poesía —. Pero, a la vuel­ta de tan pocos años, ¡qué lejanos están aquellos tiempos en que la «Wissenschaftslehre» (v. Doctrina de la ciencia de Fichte) y el Wilhelm Meister (v.) parecían los «grandes acontecimientos de la edad mo­derna» a los que se ponía en el mismo plano que la Revolución Francesa! He aquí su única nota sobre Fichte: —14 de diciem­bre 1809. Hemos asistido por primera vez a las lecciones de Filología de Fichte, que da sus clases en una sala del palacio del príncipe Enrique, tapizada de seda, de 11 a 12.

Figura muy cómica, con «spencer» y polainas. Estatura pequeña. Nariz de bebedor. Tiene una manera muy curiosa de acentuar. «Hasta Goethe resulta alto y lejano»; nunca le llama — sencillamente — Goethe, sino: «S. E. von Goethe», el «Mi­nistro von Goethe», el «Consejero íntimo von Goethe», hasta cuando asiste a una re­presentación del Goetz — y el diario no se olvida de recordar que tenía al lado, en el palco, a «su «Demoiselle» Vulpius. — ¡Ay de mí! «Les dieux s’en vont!». El Romanticis­mo mismo, que todavía impera, ha cam­biado de tono. No es ya el del Athenaeum (v.), de los Himnos a la noche (v.), de los Discursos sobre Religión (v.). El potente impulso especulativo inicial, está ya ex­tinguido.

A Schleiermacher ni siquiera se le nombra en el Diario; a Schelling, apenas una vez; y es necesario dar un paseo por el bosque — con bellas muchachas que can­tan acompañándose con la guitarra — para que en la conversación entre él y su ami­go Loeben aparezca el nombre de Novalis. Hay ciertamente, en el diario, una figura de primer orden: Friedrich Schlegel —pero no el Schlegel perezoso y genial, inspirado y paradójico, de la edad de Oro del primer Romanticismo, sino el «convertido», y al mismo tiempo, el «romántico cesáreo» de corte de Viena, el amigo de Adam Müller y de Gentz, el «San Juan» literario de la Restauración que avanza. Y Eichendorff, católico y aristócrata, le admira; frecuenta su a casa y refiere las «cosas inteligentes que dice». Pero la leve línea caricaturesca con que el diario nos le presenta — bien comido, a menudo rojo por el vino, «un embonpoint en uniforme» — y la propia descripción de sus lecciones «en la sala de baile del «Romischer Kaiser»: — «Gran público.

Delante, todo un círculo de damas, la princesa Liechtenstein con las princesitas, Lignowski, etc., 30 príncipes». Más abajo, «gran cantidad de coches, como si se tratara de un baile» —muestran un sentido instintivo de reserva y de distancia. No es éste — a pesar de la identidad de la fe religiosa — el Romanticismo a que se adhirió su corazón, sino aquel en cuyo clima años antes había vivido en Heidelberg y que más arde había vuelto a encontrar en Berlín en 1810. ¡Qué viva y qué llena de color es escena del encuentro en Berlín con Arnim y con Brentano, en su habitación de Mauerstrase La estancia es todo un caos de guitarras y libros, junto a un biombo, bajo la mesa, en medio de la estancia. Brentano mastica tabaco, Amim ha ido a sentarse junto a la estufa; Brentano, que retaba componiendo versos, no se deja turbar por las visitas, expone «planos de poesías», cuenta el esbozo de sus Romances del Rosario (v.), «Rosa blanca, negra y rosa», dice el «Diario» en términos sibilinos, «Los estudiantes en Bolonia». -— Se fuma, se discute, se ríe, se canta. ¡Esto sí que es un vivero de poetas!

Este es el tono de la vida que el diario fija con vivacidad, con rápidas impresiones y manchas de color. Algo así como si Eichendorff se hallara perennemente en el estado de ánimo de quien realiza un viaje de placer; le pueden, claro está, ocurrir cosas desagradables — como le ocurrirán un día también a su Don Nadie (v. Episodios de la vida de un holgazán) —; pero no importa, su disposición de ánimo es abierta y alegre: por todas partes se va al descubrimiento de las bellas cosas del mundo y por todas partes «el alma recoge en las cosas el eco de sus melodías».

Para la historia de la conversión del primer Romanticismo — en el que predominan evi­dentemente los elementos místicos y especulativos — en este nuevo Romanticismo que todo es «sentimiento y fantasía», el dia­rio nos ofrece una materia documental que es — como ninguna otra — rica, viva y llena de color.

G. Gabetti