Diario de mi viaje en el año 1769, Johann Gottfried Herder

[Journal meiner Reise im Jahre 1769]. Es el diario del viaje de Riga a París, efectuado por el autor en 1769. Escrito en Nantes y en París en la segunda mitad de aquel año, el «diario» quedó fragmentario e incompleto y no se publicó hasta después de su muerte. Son páginas rápidas y nerviosas, dictadas por la necesidad de subrayar un viraje de la vida, de que el viaje fue una especie de «caso simbólico». Dejando la ciudad báltica, donde ha vivido cuatro años y medio, y donde se siente cansado y descontento, Herder tiene conciencia de que se ha ope­rado un cambio radical en su existencia; se siente por ello inducido a evocar «el to­tal» de la labor realizada y a trazar planes para el trabajo futuro.

Más que la narra­ción ordenada de circunstancias exteriores, el diario es una especie de mezcla en la que la confesión alterna con la profesión de fe, las observaciones filosóficas con las con­sideraciones antropológicas, los apuntes crí­ticos con las anotaciones folklóricas, las digresiones etnológicas con las discusiones didácticas y pedagógicas. En lo férvido de su expresión, la obrita revela un volcánico fermento de ideas. En las primeras páginas, Herder reniega de la confusión mental a la que le condujeron sus estudios juveniles demasiado abstractos, gracias a los cuales se ha llegado a convertir en «un tintero de malas escrituras eruditas, un diccionario de artes y ciencias que ni se conocen ni se han comprendido, un escondrijo de carpetas y libros, que sólo están bien en una biblio­teca».

Ataca los falsos métodos y criterios seguidos hasta aquí, desciende de los reales de la borla académica y literaria, y’ toma contacto con la realidad. «Poneos con el joven en alta mar, avisadle; mostradle he­chos y realidades, no se lo expliquéis todo con tantas palabras, sino dejad que él lle­gue a la explicación por sí mismo». Pági­nas semejantes están reservadas a sus ideas sobre la educación. Herder se propone que las experiencias de su viaje sean el tesoro para la fundación de una escuela en Livlandia, que esté formada con sus ideales peda­gógicos y religiosos.

Idea para ella un plan didáctico completo y fija la ordena­ción escolar en algunos aspectos, en torno a los cuales ordena todas las disciplinas, desde la que él llama «catecismo de la humanidad» hasta la historia (entendida en su –ladera esencia, como evolución progresiva cultural de los pueblos), y el dibujo las nociones técnicoestéticas inherentes a las artes y a los oficios; desde la filosofía a las ciencias; desde las matemá­ticas a la mitología; desde las lenguas mater­nas a las lenguas extranjeras; etc. Los límites y la función de la cultura los fija en la proposición: «la cultura no sólo consiste en dictar normas, sino en promover las costumbres». El fin supremo de la cultura es la educación de la humanidad.

Herder sueña en emular a los grandes refor­madores: la tierra de su apostolado será desde el mar Báltico al mar Negro; a un país semibárbaro, quiere convertirlo en una nueva Grecia. El viaje será su noviciado; un ardor enciclopédico anima sus propósitos; en los esbozos de algunas grandiosas obras que proyecta están contenidos los gérmenes de muchos de sus futuros es­tilos lingüísticos, históricos, filosóficos y teológicos. En la última, parte, el diario hace más fragmentario, convirtiéndose casi en simples apuntes: entre otras cosas, Herder combate aquí nuevamente los estudios demasiado abstractos e insiste en la necesidad de dar consistencia concreta a las imágenes y al pensamiento. El Diario de mi viaje en el año 1769 es importante para conocimiento de la personalidad del autor, que en él casi se anticipa, en armónica unidad como una especie de primera muestra.

G. Necco