[Von dem grossen lutherischen Narren]. Es la obra principal del franciscano alemán Thomas Murner (1475-1536), el más belicoso polemista católico contra Lutero y la Reforma, publicada en 1522.
El autor se representa a sí mismo, vestido de franciscano, con una cabeza de gato (símbolo de su nombre: Murr-narr = gato loco), mientras inclinado sobre un gigantesco loco, hinchado y engreído, saca de su cuerpo todos los pequeños locos (los diablillos del mal) que personifican sus vicios. De la cabeza sale el loco de la presunción, que sentencia sobre cada palabra de Dios; del bolsillo, el loco que desea los bienes de la Iglesia; del vientre salen los 15 aliados que representan las consecuencias de la Reforma, como abolición de los votos religiosos, de la misa, del Purgatorio, etc. A estos 15 aliados se junta Veit, que es el representante de los lansquenetes y de los mercenarios, junto a tres gigantes, mientras la impedimenta de este ejército diabólico está formada por las calumnias levantadas por la Reforma contra la Iglesia. Como jefe de este ejército es elegido Lutero, que distribuye las insignias de combate: a la infantería, el Evangelio; a los gigantes, la Libertad, y a los bagajes, la Verdad. Ocurre así el choque con el ejército cristiano: iglesias y conventos son destruidos, pero no la propia fortaleza cristiana.
Entonces Lutero abandona las armas y sigue su lucha con las seducciones, ofreciendo su hija (la Iglesia protestante) a Murner. Éste acepta y se casa con ella, pero más tarde se da cuenta de la infamia de su esposa y la repudia. Muere Lutero y con un acompañamiento de música de gatos, dirigido por el mismo Murner (el gran gato), es enterrado en un desierto. Después de lo ocurrido, el gran loco, del que Murner había sacado todos los demás pequeños locos, muere agotado, y el propio Murner se queda con su gorra de cascabeles. Esta obra quizá sea la más violenta y mordaz sátira que se escribió en el siglo XVI contra el luteranismo y produjo molestia entre las huestes protestantes, porque su autor era un hombre honesto, que reconocía él mismo los defectos del clero, pero demostraba la superficialidad de las acusaciones de Lutero contra el catolicismo y las consecuencias dañinas que se derivaban de ellas, mientras por otro lado la esencia del catolicismo seguía intacta.
M. Pensa

