De Profundis, Oscar Wilde

La obra conocida con este título es la tercera parte de un escrito que Oscar Wilde (1854-1900) dirigió desde la cárcel de Reading a Alfred Douglas, y que fue publicada, cinco años después de la muerte del poeta, por su amigo y ejecutor testamentario Robert Ross. El manuscrito completo, cedido por Ross al British Museum, podrá editarse sólo después de 1960. En 1925, Max Meyerfeld publicó en Berlín una nueva edición aumentada del De Profundis, y la divulgó como completa, tomándola, sin duda, de una copia del manuscri­to que pasó de las manos de Ross a las de Meyerfeld, pero no existe, por ahora, ninguna prueba de su autenticidad. El De Profundis marca el punto culminante de la vida y de la filosofía de Wilde, y es una nueva demostración, y seguramente la más evidente, de que todas las experiencias ad­quirían para Wilde significado artístico. Él, que había querido huir del dolor como de una degeneración del espíritu, conoció el escándalo, la vergüenza de un terrible pro­ceso, la condena, el desprecio de los hom­bres y las burlas de sus muchos enemigos. Incapaz al principio de resignarse, pensó durante largos meses en el suicidio, pero después, en la celda de la cárcel, tras las largas horas de enervante trabajo manual, el espíritu del poeta descubrió por vez pri­mera la majestad del dolor, la alegría del sufrimiento que le abrió un mundo hasta entonces desconocido. El De Profundis, que en parte está inspirado en la Vida de Jesús (v.) de Renán, es el resultado de esa evo­lución; en él, Wilde reconoce su oprobiosa culpa, pero siente también el ansia y la ne­cesidad de la expiación que acerca el hom­bre a Cristo; el dolor le enseña que el ins­tante de arrepentimiento es el instante de la absolución, y que las lágrimas pueden lavar todas las manchas.

Las páginas dedi­cadas a Cristo, que forman la mayor y me­jor parte de la obra, demuestran que el pensamiento de Wilde alcanzó el sentido religioso que hay en el fondo de su esteti­cismo. Su concepción religiosa no tiene significado ortodoxo, da una interpretación personal de la vida y de la figura del Re­dentor, en el que ve al Poeta ideal, que ha creado con su propia vida la obra maes­tra de poesía que recoge en sí las formas de todo arte. Como Cristo fue el Hombre de Dolor, el sufrimiento no es ya un mis­terio, sino una revelación, que «hace dis­tinguir cosas que no se habían visto antes y permite considerar la historia desde un punto de vista absolutamente diverso». De modo que Wilde entiende que la humillación y las penas de la cárcel le enseñarán no sólo a reconstruir su existencia, sino también a encontrar una nueva felicidad. De esta vida nueva — anuncia el artista con un ímpetu de conmovido entusiasmo — sur­girán obras capaces de hacer callar los sar­casmos de las gentes viles y de sofocar el desprecio de los inconscientes. El De Profundis es, sin duda alguna, la mejor prosa de Wilde; en él, la inspiración lírica apa­rece libre de los preciosismos con que la alternaba en sus otras producciones; revela la parte más viva y secreta del poeta e in­cluso sirve para aclarar algunas de sus obras anteriores. Todo hace suponer, como dice Frank Harris, que, si Wilde hubiese in­sistido en esta nueva revelación de su espíritu, habría creado sus verdaderas obras maestras. [Trad. de A. A. Vasseur (Madrid, 1919)].

B. Schick