De la Pirotecnia, Vannoccio Biringuccio

[De la Pirotechnia]. Obra de Vannoccio Biringuccio (1480-1538/ 39), publicada en 1540 en Venecia, formato en cuarto, por el tipógrafo Venturino Roffinello, a instancias de Curcio Navo y her­manos.

En Venecia se publicaron también la segunda edición en 1550, y la tercera y la cuarta en 1559. La quinta edición se pu­blicó en Bolonia en 1678. De la nueva edi­ción, hecha y prologada por Aldo Mieli, se publicó (Bari, 1914) el primer volumen, que sólo llega hasta el capítulo quinto del libro segundo. De la Pirotecnia hay traducciones en francés y latín, y parciales en alemán. La obra consta de diez libros, «en la que (según se lee en el frontispicio de la pri­mera edición) se trata ampliamente no sólo de toda clase de minas, sino también de cuanto se relaciona con la práctica de todo lo que concierne al arte de la fusión, tanto de metales como de cualquier otra cosa con ellos similar».

Además de la extracción y elaboración de metales y metaloides, Birin­guccio se ocupa de la preparación de las aleaciones metálicas, a las que él llama mezclas de amigable amistad de un metal con otro; se ocupa de la fusión de campa­nas y cañones, así como del «arte pequeña de fundir», esto es, de los métodos más oportunos para la fusión de pequeños obje­tos. El libro noveno está dedicado a la «práctica de varios ejercicios de fuego», o lo que es igual, al arte de la destilería, a la orfebrería y a las artes del cobre, el hierro y el estaño, a la fabricación de los espejos de metal, de los crisoles, de las calderas, de los ladrillos y de otras materias de la física y la química técnicas.

El capí­tulo catorce es un discurso sobre el arte del vidriado con algunos secretos concernientes al mismo. El último libro trata de los fue­gos artificiales preparados con fines milita­res o para la alegría de las fiestas. Biringuccio enseña a fabricar la pólvora de fue­go, a cargar la artillería y a dirigir justa­mente el tiro, a preparar minas que hagan saltar las fortalezas, pajas de metal que se rompan en muchos pedazos, esto es, grana­das, lenguas de fuego para dirigirlas con la punta de las lanzas a modo de fuelle (se trata de los primitivos lanzallamas). En el capítulo final, el autor habla del fuego que consume sin dejar cenizas y que consume más que ningún otro: en otros términos, del amor.

Habla de él, como de todas las demás cosas de que se ocupa en el libro, por experiencia. El éxito que la Pirotecnia tuvo en el pasado y que todavía hoy merece, se debe precisamente al hecho de que el autor no es un erudito libresco, sino un técnico militante que habla de cosas que conoce a fondo por experiencia directa. Por esta su obra, Vannoccio Biringuccio puede ser considerado como uno de los más ori­ginales y despreocupados fundidores de la metalurgia científica. Como Leonardo da Vinci, no cree ni en la alquimia ni en los espíritus, en tanto que Giorgio Agrícola creía, como se sabe, en los diablos de las minas y en los «pirigones»: animales que viven únicamente en el fuego.

S. Timpanaro