Cosroes, Jean de Rotrou

Tragedia en cinco actos, en verso, del trágico francés Jean de Rotrou (1609-1650), representada en 1649. El ar­gumento deriva de un episodio de la his­toria persa, que aparece en los Anales ecle­siásticos de Baronio.

Sira, altiva e hipócrita reina de Persia, segunda esposa del viejo rey Cosroes, ambiciona elevar al trono a su hijo Mardesane. Contra ella se levanta Palmiras, sátrapa ambicioso, que apoya los derechos del legítimo príncipe heredero, Si- roe, hijo de la primera esposa de Cosroes. Para conseguir sus respectivos fines nin­guno de los dos retrocede ante las maqui­naciones más criminales ni ante los planes de una política despiadada. Sira se prepa­ra a dar el golpe de gracia a su adversario y obtiene del viejo monarca — casi demente y obsesionado por el remordimiento del pa­rricidio — la abdicación en favor de Mardesane y el arresto de Siroe, a quien man­da veneno y un puñal para que escoja su propia muerte. Pero Palmiras se le ade­lanta: Siroe, aclamado por los jefes del ejército y por la tropa, sube al trono y hace arrestar a su madrastra, a quien obli­ga beber el veneno que había preparado para él. Ya prisionera y entregada a la muerte, Sira se envanece de su plan dia­bólico y soberbiamente implacable amena­za a su hijastro y a sus pérfidos consejeros. Siroe — que ha debido condenar a muerte también al inocente Mardesane, usurpador involuntario — no se resigna a sacrificar todo sentimiento humano a las crueles ne­cesidades de la política y no quiere dar oídos a Palmiras que para mayor seguridad del trono quisiera sacar de en medio tam­bién a Cosroes.

Si por defender sus dere­chos dinásticos y su propia vida consintió aceptar el poder, ahora, ante su padre des­tronado y prisionero, se siente, imprevista­mente presa de reverencia y de piedad fi­lial, y a pesar de las maldiciones que el padre pronuncia contra él, Siroe se humilla y se arrepiente, y ordena que Cosroes sea liberado y junto con él Sira y Mardesane. Pero es ya demasiado tarde: llega el jefe de la guardia y anuncia que el viejo rey, habiendo sorprendido a su esposa mientras tomaba el veneno, se ha envenenado él a su vez junto al cadáver del hijo. Siroe, agobiado por el fatal anuncio, prorrumpe contra la suerte y contra los consejeros que le han otorgado la corona a costa de tanto dolor, y va corriendo a la prisión con la esperanza de poder salvar a su padre. Con San Ginés y Vencesleao, Cosroes forma la tríada de las obras de Rotrou todavía vá­lidas frente a otras’ muchas que nos ha de­jado. En Cosroes la trama está llevada con simplicidad y claridad, mientras en otras obras es farragosa por la confusión de los géneros (trágico, cómico y satírico), la ló­gica dramática es directa e inexorable, los tipos están caracterizados con vigor, cui­dados los efectos y los contrastes, y la pin­tura de los sentimientos surte el efecto de­seado.

En cambio frecuentemente tiene un tono sentencioso, de acuerdo con las inten­ciones políticas que persigue su autor, que quiere consagrar y prestigiar el principio de la inviolabilidad de la potestad paterna, y como es frecuente en el teatro del tiem­po, quiere mantener una tesis política; el choque de dos tendencias políticas rivales, de dos ambiciones igualmente insatisfechas, que no retroceden ni ante las leyes ni ante los vínculos de la sangre. El verso es fácil, pero no dócil a la sensibilidad del poeta. Falta el «sentido de antigüedad» y de «co­lor local».

V. Orazi