Coplas a la Muerte de su Padre, Jorge Manrique

Elegía que el poeta español Jorge Manrique (14409-1479) compuso a la muerte de su padre, Rodrigo, gran maestre de la Orden de Santiago (11 de noviembre de 1476). Son 40 coplas de cuatro tercetos cada una — dos octosílabos y un tetrasílabo — unidos entre sí dos a dos mediante la rima. Las coplas siguen con fluida agilidad el ritmo de un pensamiento que se desarrolla de un modo silogístico, ya que parte de un hecho para iluminar con las luces de la fe un alma que se angustia, llevándola a la resignada aceptación de su dolor.

El poeta parte de la contemplación de las cosas humanas: perpetua vicisitud donde cada instante de vida ya es el instante de la muerte, y don­de «nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar / que es el morir». Sin embargo, Cristo, al que invoca el poeta, nos reveló la Verdad: más allá del tiempo está lo eterno, que se conquista en el tiem­po. Con tal de no confiarnos a lo tran­sitorio, a los que son los bienes de la fortuna. Aquí, efectivamente, está el reino de la muerte y aquí lo arrastra todo el olvido. No es preciso pensar ni en Troya ni en Roma: recordemos a Juan II de Cas­tilla, los dos Infantes de Aragón, don Juan y don Enrique, y el ajusticiado condestable don Álvaro de Luna. Cuando la muerte lle­ga, no hay remedios contra ella, al igual que no los hubo para don Rodrigo Manri­que, el sabio, el valiente y el pío, que lu­chó por el triunfo de la Cruz y por su rey. La muerte llegó, pero le habló con pro­mesas de felicidad eterna; y él la aceptó para conformarse a la voluntad divina «que querer hombre vivir / cuando Dios quiere que muera / es locura».

Así, confiándose en Cristo, falleció devolviendo el alma a su creador y dejando, como consuelo por haberle perdido, su recuerdo. Puesto que tal recuerdo ha llegado a ser la exaltación de la verdad cristiana, que el padre del poeta experimentó y vivió, y el dolor por su muerte se transformó en la aceptación de una voluntad superior que más allá de la muerte concede un premio que supera todo deseo. Es inútil buscar las fuentes más cer­canas o lejanas de esta composición que se organiza sobre sí misma, modulándose sobre el hilo de una emoción retenida y compues­ta. Su lúcido orden, en la armonía equili­brada de las partes, traduce un pensamiento vivo en la conciencia del poeta. La cono­cida referencia a la balada de las «dames du temps jadis» (v. Testamento) de François Villon, se basa sobre una mala inter­pretación o sobre el acorde de abstractos motivos temáticos.

M. Casella

Estas Coplas, que arrancando del dolor individual, se levantan a la consideración del dolor humano en toda su amplitud y trascendencia. (Menéndez y Pelayo)

Jorge Manrique es un escalofrío ligero que nos sobrecoge un momento y nos hace pensar. Jorge Manrique es una ráfaga que lleva nuestro espíritu allá, hacia una lon­tananza ideal. (Azorín)

Las Coplas de Jorge Manrique señalan uno de los polos entre los cuales gira la evolución general de la literatura castellana, la cual pasa, con pocas transiciones inter­medias, de un absoluto derramamiento por el mundo externo a una absoluta recon­centración en el mundo interno; del más franco realismo al idealismo ascético que linda con el misticismo. (M. de Montoliu)

Las Coplas merecen su perdurable fama. Se trata, en su concisión, flexibilidad y ar­monía, y en el logro de una emoción ele­giaca desenvuelta en forma de moralidad sobre la fugacidad de la gloria y la vida, de una obra “perfecta y cimera en la lírica universal. (A. Valbuena Prat)