Cartas de Mozart

A finales del pasado siglo, se encontraron en Viena tres mil cartas de Wolfgang Amadeus Mozart (1756- 1791), que fueron publicadas por Henri de Curzon. La mayoría, dirigidas por el compo­sitor a su padre o a su hermana, nos brin­dan interesantes datos sobre la personalidad del autor de Las bodas de Fígaro (v.) en sus distintas facetas de hombre profundo, afectuoso, impulsivo, ardiente, impresionable e irónico. En ellas, encontraremos igualmen­te juicios críticos muy interesantes sobre la música escuchada en el curso de sus via­jes. Con un estilo cuajado de imágenes y directo, sin envaramiento, Mozart nos pinta un cuadro muy vivo de las sociedades fran­cesa, inglesa, vienesa e italiana de finales del siglo XVIII. Las primeras misivas datan de 1770. Por entonces, Mozart tenía catorce años y efectuaba una tournée de conciertos por Italia. En sus cartas de 1773, nos pro­porciona preciosos datos sobre una de sus primeras obras, la Finta Giardiniera. Des­pués, viene la serie de cartas enviadas desde París. Mozart pinta la corte de Versalles, las recepciones dadas en su honor en las grandes veladas parisienses y enjuicia seve­ramente a los músicos de la Capilla real, siempre dentro del tono jovial que tanto seducía a Mme. de Pompadour. Las cartas de su segundo viaje a Francia ya no poseen un tono tan jovial al verse rodeado de la indiferencia general.

Mozart se lamenta del poco interés que le demuestra el barón Grimm, absorbido por la querella entablada entre «piccinistas» y «gluckistas». También procede de esta época la punzante carta del 3 de julio de 1778, dirigida al abate Bullinger, en la que el músico le anuncia la muerte de su madre en una miserable pen­sión. Después de París, Mozart fecha sus cartas en Munich, donde presenta Idomeneo (v.) y en Praga, donde da sus últimos toques a Las bodas de Fígaro. Muchas car­tas de esta época fueron destruidas por el padre de Mozart, temiendo que antes de mo­rir cayesen en manos poco escrupulosas. Resta todavía la importante correspondencia dirigida por el músico a su mujer Constance. Aquí Mozart se nos muestra como un hombre enamorado, desesperado por su mi­seria, pero siempre dispuesto a abrir su pe­cho a la esperanza… A través de esta corres­pondencia se puede seguir casi día por día la existencia de Mozart. En ella encontra­remos el mismo espíritu, sensibilidad y ele­gancia que en su música.