[Lettres]. La correspondencia de Julie-Jeanne-Eléonore de Lespinasse (1732-1776), que escribió en París desde 1773 hasta el año de su muerte, se publicó en varias ediciones de contenido diverso. De 1809 son las Lettres escritas al conde G. A. Guibert, que fue su segunda gran pasión, publicadas por su propia esposa. Siguieron en 1876, 1887, 1897 y 1906 otras recopilaciones de cartas enviadas, entre otros, a D’Alembert, con quien convivió serenamente, a Condorcet y a los principales representantes del enciclopedismo, huéspedes acostumbrados de su salón. Hija ilegítima de la condesa de Albon y, según parece, del conde Gaspard de Vichy, quedó huérfana, y fue recogida por parientes con quienes vivió hasta los veinte años, época de su encuentro con la señora Du Deffand, que decidió su suerte. En París, en el convento des Filies de Saint Joseph de la Providence, donde habitaba la señora Du Deffand, ya anciana y casi ciega, Julia conoció a las más altas personalidades literarias, artísticas y políticas de su época. Pero su ingenio, su inteligencia, y su amistad con D’Alembert despertaron los celos de la señora Du Deffand, y después de diez años de convivencia, sus relaciones acabaron de modo violento. Amiga de Voltaire, Diderot, Grimm, Walpole, David Hume, Condorcet, Rousseau, era recibida en todos los salones, y su opinión tenía crédito en los ambientes literarios. En la plenitud de su fortuna mundana Julia conoció al marqués de Mora, hijo del embajador de España en París, conde de Fuentes, y le amó con sentimiento grave, nutrido de piedad, de exaltación, de temor a la muerte, porque de Mora, enfermo de tuberculosis, sabía que estaba condenado y murió, en efecto, dos años después de haberla conocido. Julia encontró después al conde Guibert, joven de veintinueve años, coronel en el ejército del Rey, audaz, apuesto, mundano, a quien hasta Voltaire tenía por hombre de ingenio. Las cartas que le escribió Julia revelan la historia íntima de aquel amor.
Ella estaba cerca de los cuarenta años. En realidad no había amado nunca. De Mora le había hecho sentir una elevada piedad, profunda y tierna como el amor. Pero su corazón y sus sentidos habían vivido siempre en un limbo; sólo su espíritu había presentido el amor. Cuando se halló delante del amor, todo dentro de ella se derrumbó: la ambición, el interés por la inteligencia, el culto de los amigos, el placer de ser alguien, la pasión por la cultura y por las ideas. No fue más que amor, y en la forma más exasperada porque con su sentimiento iba implícito el temor de acabar, y una necesidad de eternidad. Las cartas son, por esto, uno de los documentos más vivos y tumultuosos del amor femenino;* cartas que cuentan, en estilo inmediato, sus errores, sus exasperaciones, sus locuras; cartas mantenidas desde la primera a la última (y son 180) en un tono ardiente, sincerísimo, donde no, hay nada premeditado ni fingido. Guibert no la amaba, era inconstante, frívolo, disperso, y ella, vivió junto a él la larga lucha de la mujer que se pierde, insaciada, insaciable entre los cálculos y las concesiones de un gran amor. Solamente la muerte dominó el tumulto de aquella pasión, y entonces, llena de aquel hálito, y de aquel presentimiento, Julia escribió sus páginas más conmovedoras. «Adiós, amigo mío, si yo volviese a la vida, querría otra vez emplearla en amaros, pero ahora ya no es tiempo para ello».
M. Ferro

