Composición para piano, op. 9, de Robert Schumann (1810-1856), escrita en 1834-35. Lleva el subtítulo: «Scénes mignonnes sur quatre notes». Es una de esas juveniles «confidencias al piano», entre las cuales se halla lo mejor de Schumann en el género de piezas características para piano. Son veinte piezas breves que constituyen una galería de máscaras carnavalescas como «Pierrot», «Arlequín», «Pantalón y Colombina»; de figuras femeninas como «Coquette», «Chiarina», «Estrella»; o figuras caras al corazón del músico, como «Eusebio» y «Florestán» (v. Davidsbündler); en fin, de juegos musicales y caprichos, como «Letras danzantes», el virtuoso. «Paganini», y de momentos sentimentales captados inmediatamente: «Reconocimiento», «Confesión», «Vals noble», etc. La serie se cierra con una «Marcha de los Davidsbündler contra los Filisteos», que no es, sin embargo, su mejor fragmento. Todo este diverso material afectivo — amores, amistades, sueños de juventud, entusiasmos estudiantiles, pequeñas melancolías y necesidades de ternura — está tratado con aquel humorismo sentimental que Schumann admiraba en Jean Paul, su autor predilecto. Y, musicalmente hablando, con una ductilidad extraordinaria, una vivísima disposición de los ritmos, de la armonía y de la línea melódica a adaptarse según las exigencias expresivas más diversas y mudables, no sin que llegue por fin a cierto punto de forzada originalidad, a algún pasaje de marcada singularidad.
Estamos en la época «goliárdica» de Schumann, cuando acucian las ricas energías de la juventud, que anhelan emprender batalla contra todas las pedanterías escolares y los prejuicios burgueses. Pensemos, para dar un paralelo literario, en la juventud de Heine. El mejor fruto de tal disposición de ánimo reside en la absoluta sinceridad de estas breves piezas: la brevedad se halla en razón directa con la sinceridad. La duración de cada fragmento no va un solo compás más allá de lo que dura la inspiración que lo ha encendido. Son iluminaciones que el artista no piensa prolongar en lo más mínimo mediante los artificios del oficio. Ni siquiera hay sombra de un desarrollo que tienda a la organización —en torno al núcleo inspirador — de un esquema formal, como ocurrirá, por lo demás con buen resultado, en las Nove leías (v.). Naturalmente, esto tiene también su peligro; y consiste en que el material humano, afectivo, permanece alguna vez en estado rudimentario, cuando no consigue resarcirse en eficacia suficientemente incisiva de melodía, de ritmos y de armonías. Pero éste es un caso raro en Carnaval, en donde casi todos los fragmentos tienen origen principalmente en el hallazgo feliz, en la idea musical.
M. Mila

