Carmen Apologético, Comodiano

[Carmen apologeticum]. Poema en 1.060 hexámetros, atribuido, sin ninguna duda, a Comodiano, cristiano tal vez originario de Palestina, que vivió, según parece, en el siglo V en la Galia o en África. Como las Instrucciones (v.), el Carmen comienza con una introducción de carácter autobiográfico en la cual el autor declara haberse salvado del error mediante la lectura de los libros sagrados; amonesta a los paganos a seguir su ejemplo y, para guiarles, expone, sin mucha precisión, las doctrinas teológicas acerca de Dios, Cristo, y la Revelación. A la demostración de la necesidad absoluta de la fe, sigue la parte más interesante de la obra, la descripción del fin del mundo (cuyos realizadores son dos emperadores, Nerón en Occidente, un persa en Oriente), de su purificación me­diante la lluvia de fuego, de la salvación de los justos. En conjunto, el Carmen apo­logético se muestra superior a las Instruc­ciones, por estar libre de los vínculos del acróstico, pero, a pesar de esto, no revela un profundo sentido artístico. Su propósito es apologético: Comodiano, como los apolo­gistas, ve en el Cristianismo el único cami­no de salvación, y quiere a toda costa con­vencer a los hombres de que lo sigan. En sus exhortaciones a los paganos, en sus reprensiones a los judíos, testarudos e in­conmovibles, sentimos, sin embargo, el ca­lor de la elocuencia dictada por íntimo y profundo sentimiento; viva es también la descripción del fin del mundo, con la cual el autor expresa y representa pictóricamen­te una expectativa general en su época. El poema está escrito en hexámetros, divididos en dos hemistiquios de cesura constante, y agrupados de dos en dos como si fuesen dísticos, probablemente por influjo de los Dichos de Catón (v.). La lengua y el estilo tienen las mismas características popularizantes y, desde el punto de vista literario, revelan las mismas influencias observadas en las Instrucciones. Comodiano no es nom­brado casi nunca en la literatura posterior y, por lo que sabemos, no ejerció en ella ningún influjo.

E. Pasini