Cantos de Vida y Esperanza, Félix Rubén García Sarmiento

Re­copilación de poesías del poeta nicaragüen­se Félix Rubén García Sarmiento [Rubén Darío, 1867-1916], publicada en 1905. Se­ñalé el vértice de arte a que ha llegado el poeta después de haber atravesado por sí mismo, con ansia incansable de belleza ex­presiva, las experiencias románticas, parna­sianas y simbolistas; pero al mismo tiempo atestigua una profunda renovación interior, con un retorno de su alma a la primitiva sinceridad y a la vida; allí donde el sueño de la juventud se impregna de reflexiones y de las amargas desilusiones de la reali­dad, vuelven a florecer los cantos de la es­peranza. Dicha situación sentimental es claramente definida por el poeta, que tiene conciencia de ello: «Yo soy aquél», confesando el ansia urgente que le arranca de la literatura pura para fijar en la clara transparencia de las imágenes la voz de su corazón profundo («El agua dice el alma de la fuente / en la voz de cristal que fluye d’ella»). El poeta de la intimidad lírica («La torre de marfil tentó un anhelo,/quiso encerrarme dentro de mí mismo, / y tuve hambre de espacio y sed de cielo»), en­cuentra de nuevo la nota de su fundamen­tal optimismo y se hace cantor de su raza siempre renaciente: el cantor de la España que ha poblado el continente nuevo y que se enfrentará, con el ideal activo de su cul­tura milenaria, al sórdido imperialismo de los norteamericanos: «Salutación del opti­mista», «A Roosevelt».

Y es entonces la Es­paña católica y heroica, idealista y soñado­ra, con la que Rubén Darío se exalta («Cyrano en España»), mientras exalta la ver­dad revelada por Cristo: «Los tres reyes magos», con la esperanza de un triunfo infalible («Canto de Esperanza»). Firme so­bre estas primordiales certidumbres del alma, el poeta interroga la Esfinge del fu­turo: « ¿Qué signo haces, ¡oh Cisne!, con tu encorvado cuello / al paso de los tristes y errantes soñadores?». Pero llegado al fin de su viaje, después de haber atravesado el mundo de la experiencia, el poeta siente crecer en su corazón la sutil melancolía de los recuerdos y se reconoce en otros soña­dores errantes («Letanía de Nuestro Señor Don Quijote») y se pregunta el por qué del misterio que la circunda, mientras «…la carne que tienta con sus frescos racimos / y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos / y no saber adónde vamos / ni de dónde venimos!…». De este contenido hu­mano íntimamente sufrido brota la flor más bella de la poesía de Rubén Darío, como síntesis equilibrada y armónica de todas sus anteriores experiencias de parnasiano, de decadente y de simbolista. Es una flor de­licada, que se abre con plenitud de rica y nítida luminosidad de contornos en una atmósfera sugestiva, rica de ecos y reso­nancias sentimentales. «Helios», «La marcha triunfal», «Marina» son ejemplos de esta perfección alcanzada con empleo sabio de analogías verbales y con fuerte relieve del elemento sonoro de la palabra. Y así como con Azul (v.) Rubén Darío renovó la presa española, con estos cantos renovó la métri­ca, aplicando los procedimientos técnicos franceses relativos al verso con un senti­miento vivo de la dignidad y del valor del arte.

M. Casella