Canciones de Bernart de Ventadorn

Bernart de Ventadorn (nacido a mediados del siglo XII, murió siendo monje en la abadía de Dalon a principios del XIII), de quien han llegado hasta nosotros cerca de cincuenta canciones es, según el máximo juicio de los críticos modernos, el más grande de los trovadores: el más verdade­ramente poeta. En este juicio no concuerdan los cultivadores medievales de la poesía trovadoresca; aunque los «cancioneros» han recogido abundantemente su poesía, en nin­guno de ellos se ha reservado a Bernart el puesto de honor (v. Versos de Marcabru), y Dante en su De vulgari eloquentia no la cita ni pone ninguna composición suya como ejemplo de poesía ilustre. Y es casi seguro que Dante conoció poesías de Ber­nart y se inspiró en una admirable imagen bernardina — según opinan algunos críti­cos en el pasaje «Qual lodoletta che in aere si spazia / Prima cantando, e poi tace con­tenta / Dell’ultima letizia che la sazia» («Par.», XX, 73-75). El no excesivo interés de los amadores medievales de poesía está en pleno acuerdo con la noción de «poesía ilustre» que domina la estética de la Edad Media. Bernart no es como Daniel, como Folquet, como Peire d’Avernha, un adora­dor de la técnica, no es un exasperado investigador de modos nuevos y sutiles; no es un seguidor del «trobar ceus» (v. Versos de Marcabrú y Canciones de Ar­naut Daniel). Y mientras casi todos los tro­vadores proclaman — y con razón, natural­mente — que la poesía grande no puede originarse sino del ejercicio tormentoso y laborioso de una técnica experta, Bernart, a pesar de ser artista refinado y selecto y tener la altísima conciencia del valor del arte en cuanto técnica, subraya en una can­ción suya que la primera fuente de su poesía es la sinceridad de la inspiración: «Chantars no pot gaire valer / Si d’inz del cor no mou lo chans» [«El canto no puede valer mucho / si del corazón no brota el canto»].

En esta solemne información de Bernart, Dante hubiera podido reconocer la idea misma de la poesía que él expresa con acento conmovido en el coloquio con Bonagiuntu Orbicciani: «lo mi son un che quando / Amore spira noto ed a quel modo / che ditta dentro vo significando» («Purg.», XXIV, 52-54); y, por lo tanto, en la concien­cia de este último recuerdo ideal, hallar motivo de un profundo interés por el poeta de Ventadorn. Pero, en cambio, queda el hecho del silencio del De vulgari eloquen­tia; y se puede pensar que para Dante que­dó desconocido aquella particular declara­ción de Bernart que hemos citado; o que si la conoció no advirtió plenamente su sentido y su valor, y por lo demás, repitámoslo, la teoría poética formulada por De Vulgari eloquentia había de conducir ne­cesariamente a Dante a fijar su interés de crítico, en otros antes que en Bernart; y por otra parte la afirmación solemne del canto XXIV del «Purgatorio» reconoce y representa un aspecto de ese gran prodigio que es el hecho de la creación poética, sobre el cual no se detiene Dante teórico y tratadista. La afirmación de Bernart de que hay poesía que no salga del cora­zón, no es puro postulado teórico; expresa la esencia de la poesía bernardiana y mues­tra que el poeta tiene plena conciencia de cómo ha nacido su poesía. Poeta de amor, Bernart, como todos los críticos han nota­do, de Diez en adelante, solamente de amor. Ahora bien, para quien sólo se fije en la materia, el mundo poético bernardiano no parece diferenciarse de los lugares co­munes de la tradición trovadoresca, lugares comunes que, sin embargo, en Bernart, se han mostrado a los críticos no como fórmu­las literarias usadas en frío, sino como me­dios expresivos, mediante los cuales el poe­ta ha conseguido representar la realidad de su vida sentimental.

En las canciones bernardianas todos los críticos —y entre ellos Carducci que ha dedicado a Bernart un interesante ensayo — han distinguido un contenido «autobiográfico»; no en el senti­do que podríamos dar hoy nosotros a esta expresión, esto es, en el sentido de que las poesías de Bernart traduzcan y trasfiguren en la imagen los términos esenciales de su experiencia humana, sino en el sentido pro­pio, concreto y material de la palabra; en el sentido de que documentan y atestiguan en su precisa realidad todos los hechos de los que resulta. Precisamente, Carducci opina estar autorizado para «llenar con los ver­sos del poeta la escasez de noticias docu­mentadas sobre la vida de Bernart de modo que se reconstruye cumplidamente la his­toria sentimental del gran trovador», que el antiguo biógrafo traza sólo esquemática­mente. En efecto, sobre la trama proporcio­nada por el biógrafo, dispone Carducci — como, por lo demás, lo hicieron Appel y otros — las rimas de Bernart, de manera que vengan a expresar no sólo en sus lí­neas generales, sino también en los porme­nores concretos el proceso de esa fascina­dora novela que parece haber sido la vida del poeta : las tristezas, los deseos, las ansias de su primer amor por su señora la vizcondesa de Ventadorn, contemplada desde su infancia, lejana e inaccesible pri­mero, alentadora después; y la embria­guez de la correspondencia, finalmente ob­tenida; y el éxtasis del primer beso, y las amarguras, más tarde, y las desilusiones y el enojo del poeta celoso de un noble ca­ballero que la voluble vizcondesa muestra preferir en cierto momento a él, que si­gue siendo el humilde hijo de la pana­dera del castillo, aunque deslumbrador por su cualidad de cantor dulcísimo; y las sospechas del vizconde celoso que se «ex­traña» del poeta y encierra y maltrata a la señora que, por fin, manda despedir a su amante Bernart; y la mísera vida del poeta trovador desterrado y errante, que suspira por su amor perdido y padece y llora por la traición de su amada y prorrumpe en cantos impetuosos de ira y deseo; y siente que no podrá un nuevo amor iluminarle otra vez el alma; pero halla después con­suelo y alegría junto a una espléndida dama alegre y amorosa, la más gran señora de la época: Leonor de Aquitania que ha llegado a ser duquesa de Normandía, a quien saluda en su poesía como «consuelo» suyo, y a la que invoca con el nombre de «Azima» — imán —, consumiéndose con el deseo agudo y torturante de sus besos; y finalmente, el largo e incierto mediodía del poeta en la corte de Raimundo V de Tolosa; tarde agitada por otros amores y otras aventuras, de las cuales, en algunas cancio­nes bernardianas, se halla un eco un poco confuso e incierto y la verdad es que todas esas vicisitudes se hallan en la poesía de Bernart; pero no son la esencia de esta poe­sía.

La verdadera poesía de Bernart está en realidad fuera de aquellos lugares en que el poeta «discurre» abiertamente acer­ca de sus amores y de sus diversos aconte­cimientos; el verdadero lirismo bernardiano se reconoce no ya en las expresiones en que el poeta «cuenta» el drama de sus sen­timientos contrastantes, sino en algunos que — quien mire a la economía material de las diversas canciones — no pertenecen a la parte substancial de ellas. Para descu­brir el tono, el timbre esencial de la poe­sía bernardiana, es menester dirigirse no a la consideración de la materia de que re­sulta sino captar los acentos más intensos y más verdaderos, a las notaciones más ní­tidas y claras, a los pormenores límpidos y destacados, en los cuales el poeta ha llega­do a traducir la impresión que ha conmo­vido a su fantasía. Es menester aquí, dis­tinguir aquellos momentos en los que el poeta sólo ordena y compone temas abstrac­tos, nociones, conceptos, alinea palabras grises,’ fantasmas de aquellas obras en que brilla, breve casi siempre, pero intenso, el relámpago de la imagen que se prende en el gris indistinto del texto discursivo con plena e inmediata evidencia: «Ahora no veo resplandecer el sol: tanto se han obs­curecido sus rayos, que me ilumina como sol una claridad de amor que me irradia en el corazón… Los prados me parecen verdes y rojos como en los dulces tiempos de mayo… y blanca y colorada flor me parece la nieve…»; «He oído la dulce voz del rui­señor silvestre y me ha saltado en el cora­zón…»; «He estado como hombre extravia­do por amor, largo tiempo…»; «cuando veo por la campiña caer las hojas de los árbo­les…»; «Desde que éramos niños los dos, la he amado…»; «Así como la rama se in­clina hacia donde el viento la impulsa, el tiempo va y viene y vuelve por días, por meses, años…»; «Cuando la veo, tiemblo de temor como la hoja contra el viento…»; «Bien la quisiera encontrar sola durmiendo o fingiendo hacerlo, para poderle robar un dulce beso, ya que no tengo fuerzas para pedírselo…»; «Cuando veo a la alondra mover de alegría las alas contra los rayos del sol que se abandona y se deja caer por la dulzura que le produce en el corazón…».

Estas son las notas que de la poesía de Bernart se imponen a nuestra sensibilidad, son como los guías que se introducen en el secreto de la personalidad poética de Ber­nart y nos conducen a reconocer su sin­gularidad. Son acentos en extremo diversos y fugitivos; pero aun en esta variedad móvilísima es fácil captar una unidad llena de matices, una sensibilidad siempre idén­tica, el reflejo de un mundo único. Los momentos más verdaderamente líricos de Bernart son aquellos en que el poeta «s’oblida» y «s’espert», se pierde y se entre­ga. Siempre que el canto de Bernart se ele­va a acentos más intensos y conmovidos, tenemos la revelación, casi, de un espíritu ausente de sí mismo que contempla un mundo lejano inmenso en una atmósfera de ensueño: «Ara no vei luzir solelh…La dousa votz ai auxida… Bé la volgra sola trobar…». Su tono es siempre el mismo, la situación siempre la misma, la poesía ex­presa siempre un lánguido extravío y, ab­sorto, un abandono dulce y un arrobo «asombrado» y «estático». Las imágenes de Bernart más límpidas y precisas, se revelan en sumo, a pesar de reflejar en tantas for­mas distintas, la estrecha unidad de la ins­piración bernardiana. [Trad. parcial, con prólogo, de Martín de Riquer (Barcelona, 1940), con el título Bernatz de Ventadorn].

A. Viscardi