Las Canciones de Bilitis, Pierre Louys

[Les chan­sons de Bilitis]. Poemas en prosa de Pierre Louys (1870-1925), aparecidos en París en 1894. Son una recopilación de poemas bre­ves que el autor dejó suponer obra des­cubierta y traducida por él, de una poetisa griega contemporánea de Safo. En realidad la compostura aparente que fue característi­ca de todos los herederos del «Parnasse», priva quizá a las Canciones de todo aspecto clásico y las sitúa bajo la influencia de escritores posteriores y particularmente de los epigramáticos de la Antología Palatina (v.), desde Meleagro de Gadara (de quien Louys fue traductor) hasta Pablo el Silen­ciario. Inspiración, pues, completamente ale­jandrina, como, en definitiva, más alejan­drino que clásico fue el gusto de los par­nasianos helenizantes. El autor finge que Bilitis nació hacia el siglo IV a de C. en Panfilia oriental. Trasladada a Mitilene, en la isla de Lesbos, conocería a Safo, que le enseñaría el arte del canto y la poesía. El núcleo central de los poemas de Bilitis son precisamente una treintena de elegías que se suponen escritas en Mitilene, sobre su amistad con la joven Mnasidika, amistad terminada luego bruscamente con la marcha de Bilitis hacia Chipre. La primera par… de la obra es primordialmente bucólica («Bucoliques en Pamphylie») y narra, entre otras cosas, los amores pastoriles de Bilitis con el joven Lykas. La segunda parte con­tiene las elegías dedicadas a Mnasidika (cuyo nombre está sacado de un fragmento de Safo) y es la más inflamada y, literaria­mente, la mejor. La tercera parte contiene cierto número de ^gramas («Epigrammes dans lile de Chilpe»), elegantísimos, en los que Bilitis canta sus últimos amores y el declinar de su belleza. El volumen ter­mina con tres epitafios («Le tombeau de Bilitis»). Los poemas breves —escritos, no en verso, sino en una prosa poética más adaptada a las posibilidades del autor y a la necesidad de su ficción — alternan con descripciones de paisajes singularmente preciosas, e incluso amaneradas, con esce­nas más propiamente eróticas y pueden considerarse uno de los momentos más fe­lices de la exasperación hedonista y estetizante que coronó y terminó el «Parnasse» [Trad. de Juan B. Bergua (Madrid, 1930)].

G. Galeazzo Severi

*    Los poemas breves inspiraron a algunos de los músicos espiritualmente afiliados al grupo del autor, entre los cuales se re­cuerda sobre todo a Claude Debussy (1862- 1918) que en 1898 compuso la música para Tres canciones de Bilitis («La flüte de Pan», «La chevelure», «Le tombeau des Naides»). Estos poemas para canto y piano son, junto con Seis epitafios antiguos para piano a cuatro manos, lo que queda de la afectuosa amistad y de los muchos proyectos de co­laboración del músico con Louys. Se pare­cen bastante al Pelleas y Melisande (v.) que en aquellos años Debussy estaba com­poniendo. Pero hay en estos poemas una pulcritud de escritura superior y más de­licada: susurrados en una cantidad de so­nido siempre extraordinariamente reducida, crean alrededor una amplia zona de silencio y de misteriosa intimidad. A través de la música, las tres ambiguas y modestas pági­nas de Louys se elevan a un plano de arte digno de-lo más bello de Debussy. «La flau­ta de Pan», no tanto como «La cabellera» y «La tumba de las Náyades» son páginas de una belleza de sonido y de una felici­dad vocal purísimas. He aquí un momento de «La cabellera» digno de las páginas más emocionantes del Pélleas con su línea vocal tan sensible, que es también uno de los ejemplos más característicos de la decla­mación debussyana: Una intimidad de sentimiento tan profun­da, muy alejada de los preciosismos neo- helénicos del poeta, adquiere una luz sig­nificativa con este fragmento de una carta que en 1898 Debussy escribía a. Louys: «Nada ha cambiado en el negro cielo que constituye el fondo de mi vida y no sé si me encamino hacia el suicidio, estúpida conclusión de algo que quizás merecería, y ello sobre todo por cansancio de luchar con­tra imposibilidades imbéciles y además despreciables».

A. Mantelli