Cancionero de fray Ambrosio Montesino

Poesías del franciscano español fray Ambrosio Montesino (f hacia 1512), el único poeta de su tiempo que nada debe a la corriente italianista. Publicó su Cancione­ro de diversas obras de nuevo trobadas en Toledo en 1508, dedicándolo al rey Don Fernando, a quien debía su favor en la Corte. También por encargo de los mis­mos Reyes Católicos tradujo la famosa Vita Christi del Cartujano (v.). Contrariamen­te a la opinión de Menéndez Pelayo, que veía en fray Ambrosio un «orador sagra­do en forma poética», su obra nos muestra una auténtica naturaleza poética, bien ajena, en su casi totalidad, a todo énfasis retó­rico. Lo sustancial del pensamiento y del verso de Montesino está directamente en­lazado con la poesía de tipo tradicional. En esta corriente tradicionalista halla el poeta su mejor expresión y alcanza gra­cias poéticas de delicado lirismo, que nun­ca encontramos en Padilla (v.) ni en Men­doza (v.). En los sueltos y ágiles octo­sílabos de fray Ambrosio Montesino se dan cita cancioncillas profanas vueltas a lo divino, como la conocida «A la puerta está Pelayo / y llora», convertida en el delicio­so poemita «Desterrado parte el Niño, / y llora».

Como es de esperar en un poeta que con tanta maestría maneja los octosílabos, el romance logra en sus manos verdaderos hallazgos. Su Romance en honor y gloria de san Francisco, escrito por orden de Cisne- ros, es una bella muestra del género, con aciertos muy felices, no exentos de cierta ingenuidad franciscana, como cuando es­cribe: «Silencio fue su lenguaje / y los yermos su poblado». No faltan en este Can­cionero (reimpreso en el tomo XXXV de la Biblioteca de Autores Españoles, Rivadeneyra) muestras de la abundante poesía mora­lista de su tiempo, pero nada nuevo aporta a lo común de su época. Es en el aire sencillo, popular de sus versos y de su pensamiento donde reside el encanto de su personalidad. Todo lo demás (alusiones bíblicas, conceptismo, moralidad) pertenece al espíritu general del reinado de los Re­yes Católicos, a quienes sirvió en su vida y deleitó con su obra.

J. M. Blecua