[Bérénice]. Tragedia en cinco actos de Jean Racine (1639-1699), representada en París el 21 de noviembre de 1670. Tres personajes sólo, la protagonista, Tito y Antíoco; una acción sencillísima. Tito (v.), derrotada Judea, ha llevado a Roma a su reina, Berenice (v.), a quien ama y con la que ha prometido casarse. Muerto Vespasiano, nada se opone a la voluntad del nuevo emperador. Así piensa la mujer y se lo dice a Antíoco, rey de Comagene, quien, enamorado de ella y amigo de Tito que le ha querido tener consigo en Roma, con íntimo dolor ha sido confidente de sus amores. Puesto que toda esperanza ha acabado, marchará después de haber revelado su amor a la mujer, más asombrada que ofendida. Pero ahora Tito siente su deber para con los romanos, que no están dispuestos a aceptar a una emperatriz extranjera y reina, y decide dejarla. Cuando ella va a .su encuentro confiada, él se muestra reservado, afligido: ella cree que está enterado del amor de Antíoco y tiene celos, y se tranquiliza. Tito encarga a Antíoco que explique a Berenice lo que ocurre y la lleve a Oriente; él, que ahora ya no espera nada para sí, no quisiera hacerlo: se resuelve a hablar sólo apremiado por la mujer, que indignada le despide, no le cree y quiere ver a Tito. Pero Tito, después de una dolorosa incertidumbre, se ha afianzado en su heroico propósito. En el diálogo inevitable y desconsolador, habla el lenguaje del deber y ella el del amor, no comprendiendo que Tito, el emperador, no sea dueño de su destino.
El Senado aclama a Tito emperador, ligándole más aún a su deber; Berenice, calmada la desesperación, aparece tranquila, decidida a marchar, incluso a morir. Tito, que se entera, no altera su conducta ni ceja en la renuncia, pero le declara que no la sobrevivirá. Llega Antíoco, revelando también a Tito su desgraciado amor, por lo que quiere acabar con su vida. Ante tan gran amor y dolor, ella rectifica: vivirá para que vivan los dos hombres, se quedará con el recuerdo dulce y desgarrador, contenta a lo menos porque su fugaz duda se ha desvanecido y ahora sabe que el amor de Tito no es inferior al suyo. Racine sacó la tragedia de una frase de Suetonio y la inspiración poética del libro cuarto de la Eneida (el adiós de Eneas y Dido). Lo declara el autor, añadiendo que quiso intentar la acción más sencilla, «hacer algo de nada». Los espectadores conmovidos aplaudieron, pero pronto algún crítico insinuó el juicio, luego común en el XVIII, de que no se trataba de una tragedia. Fue considerada por largo tiempo una pastoral heroica, y la tragedia más floja del autor. Tanto que, para excusarle de haber escogido un asunto imposible, alejado de la dignidad trágica, se dijo que le había sido impuesto por Enriqueta, duquesa de Orleans, quien ocultamente habría ordenado, también, a Corneille, tratar el mismo tema (Tito y Berenice, v. más abajo). También se quiso ver en la obra una alusión a los amores de Luis XIV con Maria Mancini, truncados por una dolorosa renuncia. La crítica moderna ha colocado en el más alto lugar esta tragedia, que a algunos les parece la más raciniana de todas las del autor. Ciertamente el autor actualizó el sueño de un drama interior, donde la catástrofe está sólo en las almas. Tragedia del amor, aunque termine con el triunfo del deber, porque los protagonistas llegan a la solución, no triunfadores, como los de Corneille, sino vencidos y abrumados. Y con la renuncia salvan el amor, la pureza del recuerdo. El lirismo, la música raciniana, se produce más libre y melodiosa en esta obra que, desdeñando las apariencias trágicas y el final cruento, tiene algo modernamente sugestivo y patético.
V. Lugli
Racine tal vez ha conseguido sus mayores triunfos como psicólogo. (Strachey)
* En la tragedia de Racine se inspiraron, más o menos libremente, diversas óperas musicales, cerca de quince, entre las cuales se recuerdan la de Nicola Antonio Porpora (1686-1768), Roma, 1710; de Giuseppe Maria Orlandini (1688-1750), Venecia, 1725; de Francesco Araja (1709-1767), representada en un castillo del gran duque de Tos- cana, cerca de Florencia, 1730; de Georg Friedrich Hándel (1685-1759), Londres, 1738; de» Baldassare Galuppi (1706-1785), Venecia, 1741; de Nicola Piccinni (1728-1800), Nápoles, 1764; de Mattia Vento (1735-1776), 1765; de Giacomo Rust (1741-1786), 1786.
* Tito y Berenice [Tite et Bérénice], comedia heroica en cinco actos de Pierre Corneille (1606-1684), fue representada en París el 28 de noviembre de 1670. El emperador Tito ama a Berenice pero ha prometido a su padre Vespasiano que se casaría con Domicia, la cual, ambiciosa, aun amando y siendo correspondida por Domiciano, hermano de Tito, quiere casarse con éste y alcanzar el imperio. Desesperado, Domiciano piensa reavivar la pasión por la judía en el corazón de su hermano, ayudado por el hecho de que Berenice, que había sido devuelta a Oriente, acaba de volver a Roma. Dudando entre el amor y el deber, cuando Domiciano le ruega que le entregue Domicia, Tito se reafirma en su decisión, declara que el deseo de su padre muerto es ahora voluntad suya y le aconseja que ame y se case con otra: la misma Berenice. Domicia, invitada a escoger entre ambos, no sabe decidirse. Llega Berenice y Tito queda visiblemente turbado: Domicia, que se da cuenta, quiere que el emperador escoja entre ella y la extranjera, pero él elude la respuesta. Domiciano pide su mano a Berenice para dar celos a Tito; ella se niega al artificio que tampoco a Domiciano es grato. Por otra parte, el emperador está ya reconquistado, y como Roma no consentiría su boda con una reina, parece dispuesto a abdicar por ella: la mujer le disuade de dicho sacrificio. Se reúne el Senado, y Berenice, temiendo que se confirme la prohibición contra ella, quisiera que el mismo Tito la desterrase de Roma. Pero el Senado autoriza el matrimonio: ahora es Berenice quien generosamente renuncia en interés de Tito, para evitar los males que le podrían traer unas bodas contrarias al sentimiento de los romanos. Tito, desconsolado, no se casará ya con Domicia, quien prevemos que será la mujer de Domiciano, asociado al imperio por su hermano. El sencillo dato histórico, que inspiró a Jean Racine la más sencilla, patética y musical de sus tragedias, está complicado por Corneille con la introducción de la pareja Domiciano-Domicia. El vacilante Tito y la enamorada Berenice, que al final se muestra heroica, corneliana, no consiguen dar vida a la obra. Cansada producción de la vejez, estaba destinada al olvido, aun sin la aplastante comparación con la perfecta Bérénice raciniana.
V. Lugli
Corneille es un gran escritor, mejor, un excelente escritor: habla la lengua de su tiempo… lengua un poco dura, un poco tensa, pero admirable por su vigor y por su precisión. (Lanson)
La imagen de Corneille está rodeada en nuestra imaginación, casi como si se tratara de un complemento natural, de todos esos volúmenes de historiadas portadas barrocas, que en aquel entonces veían la luz en todas partes de Europa, de los moralistas, maquiavélicos, tacitistas, consejeros acerca del arte de comportarse en la corte, casuistas jesuítas… en resumen, podríamos decir de una completa e importante sección de las que componen la biblioteca del manzoniano Don Ferrante, el «intelectual» del siglo XVII. (B. Croce)

