Baladas de Villon

[Ballades]. Como to­dos los escritores del prerrenacimiento francés, François de Montcorbier, llamado François Villon (1431-hacia 1480), impone espontáneamente a la expresión de su pen­samiento la forma fija de la «balada». Respe­tuoso con las reglas enunciadas doctoral­mente por las Arts de Seconde Rhétorique, Villon no cambia la métrica. Surgida de la «ballette», arcaica, la balada de Villon se compone de tres estrofas seguidas de un «envío», cada una de las cuales se cierra con un verso-estribillo. Las Baladas de François Villon no son simples ejercicios escolares, sino ingeniosas variaciones sobre algunos temas fundamentales. El poeta, se­gún las circunstancias de su vida o los motivos de su inspiración, las compone en­tre 1456 y 1463, y se esfuerza en distinguirlas por el estilo o por el tono, dividiéndolas en melancólicas («Balada de las damas de tiempos pasados», «Balada de los caballe­ros de los tiempos antiguos», «Balada sobre el viejo idioma francés»), doctrinarias («La bella Heaulmiére a las mozas de vida ale­gre»), religiosas («Balada para rezar a Nues­tra Señora»), elegiacas («Balada a su ami­ga»), burlescas («Balada y oración»), amo­rosas («Balada para Robert d’Estouteville»), barrocas («Balada: en rejalgar…»), satíricas («Las réplicas a Franc-Gontier»), de chácharas («Balada de las mujeres de París»), cínicas («Balada de la gruesa Margot»), re­signadas («Balada de buena doctrina»), som­brías y amargas («Balada de gracias», «Otra balada»), sentenciosas («Balada de los pro­verbios», «Balada de las contraverdades»), patrióticas («Balada contra los enemigos de Francia»), ilógicas («Balada del concurso de Blois»), desesperadas («Epístola a sus ami­gos»), dialécticas («El debate del alma y el cuerpo de Villon»), testamentarias («El epi­tafio de Villon», conocida tradicionalmente con el título de la Balada de los ahorca­dos, v.), laudatorias («Elogio de la corte»), plácida, ridiculamente embrollada («Pregun­tas al letrado del Guichet») y, finalmente, en argot («Las Baladas del jargón»).

François Villon se complacía de este modo en constituir, en propio provecho, un tesoro poético de una prodigiosa variedad de ma­tices. Cuando emprendía una obra de di­mensiones más vastas, su procedimiento, bien simple, por otra parte, consistía en buscar, en su admirable depósito, una serie de baladas que se valorasen recíprocamen­te al completarse o al oponerse, y que él disponía en el orden que le dictaba su nos­tálgica fantasía, enriqueciéndolas con un perdurable comentario lírico. Y así nace el Testamento (v.), que se puede considerar como el más rico y variado poema francés del siglo XV.