El año 1797 fue denominado «el año de las baladas», porque en él Friedrich Schiller (1759-1805), en competición poética con Goethe, compuso toda una serie de baladas famosas publicadas en el Almanaque de las Musas del 1798 (v.). En contraste con la profunda simplicidad y la gran ingenuidad creadora de las baladas de Goethe, las de nuestro autor tienden a un estilo poético más plástico y dramático; además encubren siempre en la narración épica un recóndito pensamiento religioso y moral, y la fe en un orden universal divino que premia la virtud y condena al perturbador de sus leyes supremas. Por encima de la fuerza cósmica de la naturaleza domina la grandiosidad ética del hado en el sentido clásico, alternándolo también con el ideal caballeresco romántico. Ya en 1795 tenemos una composición poética que se encuentra a medio camino entre la lírica filosófica y la balada: La imagen velada de Sais [Das verschleierte Bild zu Sais], donde el poeta, inspirándose en el mito de Isis, cuenta de un joven que con mano sacrílega osó levantar el velo de la imagen de la diosa en su templo en Sais y fue castigado con la pérdida de la razón y la muerte precoz: porque Dios ha impuesto un límite al conocimiento del hombre, y si éste, aunque sea en busca de la verdad, intenta pasarlo, se hace culpable e infeliz. La primera de las baladas de 1797 es El buzo (v.) donde se desarrolla la tesis de que los elementos, instrumentos de la voluntad divina, no se dejan desafiar impunemente por el que no respeta los límites que le son impuestos al hombre.
El guante (v.) es un romance caballeresco con intención satírica; el tema entresacado de los Essais historiques sur París, está desarrollado con limpia plasticidad y garbosa ironía. En el Anillo de Polícrates (v.) es la misma fortuna que peca contra la medida y la armonía colmando de excesivos dones a su favorito Polícrates, tirano de Sarrios pero, con un sentido de prudente mesura dramática, el poeta renuncia a describir el horrendo fin del tirano, narrado por Herodoto. En el Caballero Toggenburg [Ritter Toggenburg] vuelve el mundo caballeresco medieval, con la fidelidad amorosa de un caballero que, rechazado por su dama, hace vida de ermitaño frente al convento donde ella se ha hecho monja hasta que, consumido por su renunciación, muere con la conciencia tranquila por haber triunfado de la pasión aun a costa de tanto sufrimiento. La ida a la herrería [Der Gang nach dem Eisenhammer] gustó mucho a Goethe por su fino humorismo: el virtuoso aprendiz Fridolin, muy devoto de la dulce condesa de Saverne, es calumniado por el malvado cazador Roberto ante el conde, el cual, cegado por los celos, lo envía con un pretexto a la herrería, donde ha dado orden de que el primero que venga sea arrojado a las llamas. Pero él, durante el trayecto, por expreso deseo de la condesa, se detiene a oír misa y, cuando llega a la fundición, el malvado Roberto, que había ido a asegurarse de su muerte, había sido sacrificado en su lugar. El conde, impresionado por el juicio de Dios, reconoce, arrepentido, la inocencia de su fiel servidor. Las grullas de Ibico (v.) es considerada entre las más poéticas baladas, no sólo de Schiller, sino de toda la literatura alemana; en ella colaboró mucho Goethe, a juzgar por las cartas a Schiller. Trata la leyenda, citada por Plutarco, de la muerte del famoso poeta y cantor Ibico, de Reggio Calabria.
En 1798 Schiller compone aún dos baladas del mismo tipo que las precedentes: La lucha con el dragón (v.) es una exaltación de la obediencia y de la humildad cristianas, que deben saber renunciar incluso a valerosas gestas; La fianza (v.) es, por el contrario, un himno a la fidelidad de la amistad elaborado sobre el tema de la célebre narración antigua de Damón y Pitia. En los años 1801-1803 aún siguió otro ciclo. Hero y Leandro [Hero und Leander] trata la conocida leyenda clásica recordada por Virgilio, por Ovidio, y recogida después por Grillparzer en la tragedia Las olas del mar y del amor (v.); el centro es un monólogo de Hero que desde su castillo ve a su amante, del cual la separa la hostilidad de sus padres, acercarse hacia ella a través del tempestuoso oleaje del Helesponto, pereciendo en él; ella se arroja al mar para seguirle en la muerte y reunírsele. Casandra tiene también un exaltado monólogo, en el cual la infeliz pitonisa griega encarna la idea de que el conocimiento de la verdad es fuente, para el hombre, de profundo dolor. El conde de Habsburgo (v.) tiene por tema la leyenda del conde Rodolfo quien para complacer a un sacerdote llevó a caballo, a través de un torrente tumultuoso, el viático a un enfermo, y luego no montó ya nunca más el caballo que había llevado en la grupa al Señor. El cazador alpino [Der Alpenjáger] es ya de la época en que Schiller trabajaba en Guillermo Tell (v.): el temerario cazador que persigue a la gamuza hasta la cumbre es amonestado por el Santo espíritu de la montaña con las palabras: «La tierra tiene sitio para todos»; el concepto ético de esta balada es que el hombre no debe traspasar los límites de su propia esfera para invadir la ajena.
Se puede considerar como última balada de Schiller La fiesta de la victoria [Das Siegesfest] de 1803, aunque la había destinado, por así decirlo, a poesía de sociedad para las reuniones intelectuales que se celebraban en Weimar los miércoles; si no consigue, en verdad, alegrar la reunión, por el sentimiento de acongojado dolor que la impregna, es, sin embargo, una de las más altas expresiones líricas de Schiller y cierra el ciclo de las baladas con una nota de supremo cansancio ante el reconocimiento de la gran vanidad de la vida. Las ideas son expresadas por los vencedores y los vencidos de la guerra de Troya que se alejan, de la ciudad destruida, en las naves griegas; el lamento de las troyanas hechas esclavas, las austeras palabras de los héroes griegos, la desesperada visión de Casandra, unidos entre sí por una especie de estribillo que parece el comentario de un coro, acaban con la melancólica cordura del «carpe diem» horaciano. Las baladas de los últimos años son mucho más líricas y menos dramáticas que las del Almanaque de las Musas, las cuales preludian el retorno del poeta desde la lírica filosófica al drama y precisamente a su más grande creación, el Wallenstein (v.) [Traducción española de Juan Luis Estelrich y otros, en la edición Poesías líricas, volumen I (Madrid, 1907)].
C. Baseggio y E. Rosenfeld

