[Balladen]. Virtuoso estilista, más que inspirado «lírico de ocasión», artista más que poeta o, según su propia terminología, con más «talento» que «genio», era natural que Emanuel Geibel (1815- 1879), el elegante versificador, se sintiese tentado por la técnica de la balada. El ejemplo de Schiller, de los «poetas suevos» y especialmente de sus maestros ideales Platen y Uhland ejerció en él viva sugestión. En un epicedio dedicado precisamente a Uhland él mismo confiesa que éste le había «infundido en su pecho desde muy joven el amor a la saga». Y realmente, ya en el primer volumen de versos de Geibel encontramos baladas como «El húsar», «La hija del voivoda», «Federico Barbarroja». En los versos trocaicos de cuatro acentos (octosílabos) de esta última balada, Geibel presenta a Federico absorto en el sueño profundo de la muerte «dentro del hondo seno del Kyffháuser». Envuelto en su purpúreo manto, el emperador permanece desde hace siglos sentado ante la mesa de mármol, rodeado de sus caballeros, hasta que «de pronto el alba se desborda con el ardor de la llama, y el águila con su vuelo soberbio rodea la cumbre de la montaña». Barbarroja despierta inesperadamente y, agarrando la espada, sale con sus caballeros por la gran puerta de bronce y pasa impetuosamente por la tierra, mientras «los pueblos se inclinan todos a una, en presencia del emperador, y en Aquisgrán vuelve a renacer el sacro libre imperio germánico». Geibel emula aquí a Rückert, variando la leyenda con nuevos motivos.
En sucesivos volúmenes de versos se insertan también diversas baladas. Las más notables se encuentran en «Juniuslieder». En «El avemaría del caballero de la Orden Teutónica» [«Des Deutschritters Ave»] Geibel exalta la figura de Ott vom Bühl quien sacrifica la propia vida para salvar el sagrado cáliz. Los caballeros de la Orden Teutónica han sido derrotados y huyen perseguidos por los lituanos. En la gravísima situación, cuando el propio cáliz va a caer en las manos de los feroces enemigos no convertidos aún al cristianismo, Ott se detiene y por si solo hace frente al furioso tropel que los persigue. Prodiga terribles estocadas que aterran a los caballeros paganos, y mientras tanto reza el Avemaria. A la última palabra de la plegaria cae, vencido por el número, rodeado de los cadáveres enemigos sin poder pronunciar el amén. «No obstante los lituanos diseminaron sus corceles a su alrededor, ya cansados de pelear. Pero el sagrado objeto había sido salvado por el Avemaria del caballero». «La bala de los turcos» [«Die Tlirkenkugel» ] narra que un puñado de héroes cristianos, asediado por los turcos, es salvado por Dios, que desvía la bala de un cañón enemigo, dirigiéndola contra una roca, la cual, perforada, despide un gran chorro de agua fresca. En las cuatro «Baladas del paje y la hija del rey» el elemento humano alterna con el maravilloso. En un paseo a caballo la hija del rey se pierde en el bosque y acepta las atrevidas propuestas de amor del paje enamorado. Enterado el rey, se indigna y asesina al joven lanzando su cadáver al mar junto a la «Peña de las Runas».
En una noche de verano, mientras las ninfas danzan entre las olas al son del cuerno de Tritón, encuentran el blanco esqueleto del paje y con él el músico Schilfbart construye una arpa maravillosa. Las ninfas danzan al son del instrumento pulsado por Tritón, mientras en el palacio real junto a la «Peña de las Runas» entre danzas y músicas se celebra la boda de la hija del rey. Pero de pronto las luces se apagan y los violines enmudecen. Y he aquí que se eleva, allí frente al castillo, el sonido del arpa pulsada por el dios marino. La princesa siente como si la voz del amado la amase desde el abismo y se deshace en lágrimas mientras el rey y el novio huyen presos de extraño temor. Y llegamos a la última estrofa de la balada. «En la sala yace la pálida desposada; su corazón ha estallado. El alba envía a los ventanales una luz turbia y gris: el eco del arpa de Tritón se ha desvanecido». Geibel no alcanza en estas composiciones ni el elevado y cósmico aliento poético de Goethe ni el solemne tono épico y la rica variedad de las baladas schillerianas, ni la clásica dignidad y el armónico acabado de las de Platen, ni, en fin, la fidelidad representativa y la fuerza dramática de las narraciones poéticas de Uhland; pero, con su estilo fluido y ágil, brioso y seguro, sabe dar el tono justo a la narración, consiguiendo dar a la literatura alemana algunas de sus baladas más elegantes.
G. Necco

