Ayax, Sófocles

Así suele llamarse esta tra­gedia de Sófocles (496-406 a. de C.), que titularon también antiguos gramáticos «La muerte de Ayax» o «Ayax flagelífero», ape­lativo éste, tomado de la representación, porque Ayax se ha de presentar en el esce­nario llevando en la mano un látigo («flagellum»). Según parece, entre las tragedias de Sófocles es la más antigua, y la época de su composición debe fijarse alrededor de 450 a. de C. Es un drama de argumento troyano; es decir, su argumento se relacio­na y se refiere a los tiempos de la guerra de Troya, cantados en la epopeya homérica, y en el cual hallamos en efecto, las figuras tradicionales de Ayax (v.), Ulises (v.), Teucro, Agamenón (v.), Menelao (v.). Entra en él también una divinidad; Atenea, y los vie­jos marineros de Ayax forman el coro. Aquiles (v.) no aparece en ella: este héroe ha muerto ya, y sus armas las lleva puestas Ulises. De este punto parte la inspiración de Sófocles. Ayax que ansiaba poseer aque­llas armas por considerarlas las más dignas de él. enloquece. La acción dramática es sencillísima; tres situaciones, en tres mo­mentos que se suceden en el breve espacio de veinticuatro horas. Una noche relampa­gueante, Ayax a quien Atenea ha arrebata­do el juicio, en medio de su furia, degüella y descuartiza corderos y cabritos, con su espada que lanza relámpagos entre las ti­nieblas, y manchado de sangre no se da punto de reposo, hasta entrada la noche. Mañana trepidante; el sombrío despertar del héroe, en medio del estrago, después de su arrebato de locura.

Mediodía radiante: el suicidio en la playa desierta, junto al mar, después de que Ayax abrumado por la vergüenza de su propia locura ha recha­zado los ruegos de Tecmesa, su esposa y prisionera, y de sus compañeros. En tor­no a esta alma agitada entre la sombra y la luz, surgen, pausas de abandono infi­nito, los cantos angustiados de los marine­ros y la joven esclava. Ayax es un héroe, mejor dicho el héroe, que no distingue el vivir bien del saber vivir, sino que pone su propio saber en vivir bien, y por lo tanto en morir lo antes posible. Entre la vida y la muerte no hay distinción para este gue­rrero burlado por los dioses y a quien han temido los hombres; una y otra son para él la continuación de un mismo estado: el que conviene a un hombre (bien nacido, noble; pero si Ayax fuese sólo esto tendríamos un drama moral, lo cual está muy lejos de las intenciones de Sófocles. La tragedia de Sófocles es esto y algo más. Predomina en ella la granítica firmeza del carácter de Ayax, sobre quien se impone la imperiosa necesidad de la ley moral; pero aquella luz que va y viene, aquellos relámpagos en la loca noche, aquel turbarse de «pupilas de paloma en la ma­ñana» (imagen usada para indicar el acu­dir de los marineros a la tienda de su se­ñor), aquel mar alternadamente resonante, aquel dulce danzar de los ingenuos mari­neros cuando creen que Ayax ha soñado; y, en fin, aquel suicidio frente al sol, esta fluctuación de sombras y luces de vida y de muerte que inunda toda la tragedia, sa­can la figura de Ayax de aquel pedestal de moralidad abstracta sobre el cual un juicio inicialmente superficial puede admirarla, le prestan una forma, un color, la convierten en poesía, y el alma de Ayax pasa a ser el alma de todo hombre a quien la sombra de la muerte envuelve con su misterio.

Muerto Ayax, ha muerto en la tragedia la poesía; no porque no pudiese continuar, sino porque el poeta no logró continuarla. Sófocles, como conclusión del drama, añade un nuevo episodio: la lucha por la pose­sión del cadáver del héroe. De una parte, su mujer y su hermano Teucro, quieren im­poner su derecho de amor y de piedad; de otra parte los reyes argivos Agamenón y Menelao, se oponen a ello por venganza. Interviene Ulises, que aconseja a los reyes que cedan, respeten al muerto. Todo el tema de la disputa gira en torno a la figura de Ayax, a sus empresas buenas y malas, a su valor, desde el momento en que nació. Este Ayax es el mismo, conocidísimo, de Homero y de los demás poetas épicos; el héroe tradicional, glorioso y esforzado que ha sufrido muchas cosas, excepto la que aquí nos interesa: la muerte. Pero en Só­focles la tradición no gana nada más. Por esto la tonalidad de la acción queda neta­mente dividida en dos partes, y no parece posible darle unidad; mítica, filosófica y religiosamente, es posible, poéticamente es absurdo. Hay’ en su acción unidad de argu­mento, no de poesía; el Ayax que enloque­ce, llora y se mata no es el mismo que Teucro exalta y Tecmesa llora; uno ha comenzado a vivir precisamente con su muerte; al otro, muerto, convienen única­mente los funerales. [Traducción española con prólogo y notas por Agustín Blánquez, publicada en Barcelona en 1955].

L. Polacco

Ayax me enseña que Sófocles ha conside­rado la naturaleza del hombre, de la poe­sía y especialmente del arte dramático des­de un punto de vista más filosófico [que Eurípides ]. (Harmann)

*     Del mismo mito, y probablemente de la tragedia de Sófocles, sacaron tragedias, hoy perdidas, los poetas latinos Livio Andrónico, Ennio, Pacuvio y Acio. Pese a su carácter homérico no guarda la menor relación con la tragedia de Só­focles el poema en verso suelto del poeta vallisoletano Hernando de Acuña (1520- 1580) que lleva por título La contienda de Ayax Telamonio y de Ulises por las armas de Aquiles, publicado por vez primera en la edición de sus Varias poesías (Madrid, 1951). Aunque algunos antecedentes de la disputa y circunstancias y precisiones del discurso de Ayax parecen haberse inspirado en la Iliada de Homero, el poema de Acu­ña procede en realidad del libro XIII de las Metamorfosis (v.) de Ovidio, cuyos 328 pri­meros versos traduce con soltura, elegan­cia y fidelidad en 887 versos sueltos caste­llanos. Dejando aparte la penetración y agudeza con que el autor ha captado el perfil psicológico de sus personajes, la ma­yor trascendencia de este poema, como ha señalado certeramente José M.a de Cossío, estriba en que con él toma carta de natu­raleza en nuestra poesía el tema polémico entre la inteligencia y la fuerza, que ha de transferirse a la disputa de las armas y las letras, tema típicamente renacentista que ha de culminar en un memorable pasa­je del Quijote.

*     El primer «canto» de la obra Coro Fe­beo de romances historiales, publicado en Sevilla en 1588, del poeta español Juan de la Cueva (1543-1610), lo constituye un Roman­ce a la contienda de Ayax Telamón y Uli­ses por las armas de Aquiles, poema posi­blemente relacionado con otro de título casi idéntico de Hernando de Acuña (que a su vez es semejante al de la traducción del libro XIII de las Metamorfosis de Jor­ge de Bustamente). El tema clásico es visto en forma medieval, muy parecida a como se tratan los temas en los romances caste­llanos. Elimina fundamentalmente las alu­siones clásicas y las situaciones mitológicas, y atiende exclusivamente al elemento dra­mático y a la intriga.

*     Asimismo nada o muy poco ha toma­do de Sófocles, Ugo Foscolo (1778-1827) en su tragedia Ayax [Aiace] representada en Milán en 1811. Transformando profunda­mente la narración tradicional, Foscolo ha sacado pretexto para representar el con­traste entre un espíritu libre, y la ambi­ción de un señor absoluto. Ayax-es repre­sentado como el campeón de Grecia, que combate por la patria común y no se aviene con la señoría de Agamenón, el cual, secretamente ambiciona dominar toda Gre­cia, y cuando una vez muerto Aquiles, todos los guerreros claman para que las ar­mas fatales le sean entregadas a Ayax, Agamenón incitado por Ulises, se niega a reconocer aquel deseo, y remite la delibe­ración a la asamblea de reyes, en la cual sólo Ulises se presenta a disputarle las ar­mas. Entonces se decide que los méritos de los dos competidores han de juzgarlos los príncipes troyanos prisioneros, los cuales, sin embargo, aterrorizados por las amena­zas, no se atreven a dar su opinión. Por la astucia de Ulises las cosas son llevadas a tal punto que parece inevitable ya una lu­cha fratricida; Agamenón ordena que maten a los prisioneros; Ayax, como quiera que entre éstos se hallan el padre y los dos hermanos de su esposa Tecmesa, corre en defensa de ellos. La suerte de la batalla parece favorable para el héroe, seguido por mucho griegos, cuando se difunde la no­ticia de que Teucro, hermano de Ayax, se ha pasado a los troyanos. Aterrorizado por la acción de su hermano, y abandonado por sus partidarios, no le queda a Ayax más remedio que el suicidio: pero antes de mo­rir, el propio Teucro, presentándose de im­proviso, dice que no se había alejado del campamento por traición, sino por las tra­mas que ha urdido Ulises. Éste, finalmen­te, se reviste en el campamento ensangren­tado con las armas fatales: Agamenón ha vencido y con la victoria ha creado nue­vos odios y nuevos dolores. Se vio en la tragedia de Foscolo (que fue prohibida des­pués de la primera representación) una obra antinapoleónica, y se creyó reconocer en Ayax al general Moreau, en Ulises el mi­nistro Fouché. Ayax no es, sin embargo, una obra de clave, sino una tragedia ins­pirada por el mundo homérico familiar al poeta, y además por su experiencia pasio­nal y política. Mas sus diversos elementos no siempre resultan armoniosamente fun­didos, y bien se pueden reconocer en cier­tas palabras y actos de Agamenón los rasgos de Napoleón, casi tanto como en Ayax al propio poeta, nuevo Jacobo Ortís (v.) más maduro y perplejo.

M. Ferrigni

*    En 1933 André Gide (1869-1951) publi­có un fragmento dramático titulado Ayax [Ajax] que muestra la intención evidente de invertir la interpretación tradicional del mito proponiéndose rehabilitar la figura del astuto Ulises.

*     Contrariamente a casi todas las trage­dias de Sófocles, el Ayax no fue fuente de fecundas inspiraciones para la música, ex­ceptuando alguna música escénica, como las escritas en 1856 por Johann Friedrich Bellermann (1795-1874) y William Sterndale Bennet (1816-1875).