Avisos del Parnaso, Cesare Caporali

[Avvisi di Parnaso]. Pequeño drama en tercetos de Cesare Caporali (1531-1601), publicado en 1584. El autor repite en parte la ficción de su Viaje al Parnaso (v.) trascribiendo para su pro­tector, el futuro Cardenal Ottavio Acquaviva, los últimos «avisos» difundidos por los «mercaderes» o «gaceteros» del Parnaso. Desarrolla de este modo, con nuevo ropa­je, el motivo del menosprecio de la Corte, tan común entre los poetas del XVI, no obs­tante ser todos ellos cortesanos. Llega la noticia de una fiera guerra que ha esta­llado entre las Musas y los poetas de una parte, y los «avaros e ingratos señores de esa época» por otra. Éstos han comenzado las hostilidades asaltando la nave de mon­señor Animo Grato mandado por las Musas a dar las gracias a Alfonso de Este por su generosidad para con Ariosto y ahora guían el ejército ignorante, cabalgando tan bien sus asnos «que diríais que los asnos y el se­ñor son uno solo». Por otra parte, el almi­rante y Bembo, Berni y el Aretino anun­cian que el matrimonio entre la Corte y el barón don Vituperio se ha quedado con­cluso en una sórdida comida a la que ha­bían sido invitados la Discordia, el Fraude, la Mentira, el Odio y la Ambición. Sobre el Citerón, por una «meretriz palabrita» han venido a las manos «dos diversas na­ciones, las prosas y las poesías». Ha nau­fragado la barca de Dante «cargada de vo­ces antiguas y reprobadas». La virtud está enferma. El gentilhombre Honor ya tísico, ha sido envenenado y ha quitado, con su desaparición, muchos motivos de estorbo. También el Donativo ha muerto, y el Sala­rio está a punto de tener el mismo fin. En suma; malas noticias por todas partes. Por dicha, es excepción Acquaviva que tiene «dos grandes contrarios en un conjunto ¡el Ilustrísimo, digo, y el Liberal!». Por las frecuentes y agudas alusiones a hom­bres y chismes del mundo literario contem­poráneo que contiene, el poemita ofrece un interés no menor que el del Viaje al Par­naso, al que supera, además, por su mayor agilidad y el uso más parco de la ale­goría.

E. Ceva Valla