Antonio Azorín, José Martínez Ruiz

Obra de Azorín (seudónimo de José Martínez Ruiz, nacido en 1874), publicada en Madrid en 1903. Con este título y el subtítulo de Pequeño libro en que se habla de este peregrino señor, publicó José Martínez Ruiz una de sus obras más definidoras. La obra está dedica­da a Ricardo Baroja. En la dedicatoria, que es deliciosa, se lamenta el autor de la sencillez de la vida de su personaje al que puede aplicarse la frase de Montaigne: Je ne puis teñir registre de ma vie pas mes actions; fortune les met trop bas; je le tiens par mes fantasies. La obra es una de­liciosa evocación de la tierra levantina; de la casa doble y ancha donde «Antonio Azo­rín» vive, saborea la vida. La descripción del jardín de la casa (parte I, Capítulo IV) es una pura delicia; los bichos de la casa —arañas, moscas, perros—; la población de Monóvar, en fin, son objeto de la mo­rosa, lenta, suave descripción del artista. A cada momento asistimos al esfuerzo del escritor para someterse a la simplicidad de lo que narra. «Yo siento —dice— el te­ner que dolerme de que las palabras a veces sean demasiado grandes para expre­sar cosas pequeñas; hay ya en la vida sen­saciones delicadas que no pueden ser ex­presadas con vocablos corrientes; casi im­posible poner en las cuartillas uno de estos interiores de pueblo en que la tristeza se va condensando poco a poco y llega a determinar una modalidad enfermiza, mal­sana, abrumadora» (Parte I, cap. VIII). El procedimiento estilístico de Azorín es el estatismo.

La mirada se posa sobre las cosas del derredor y va deteniéndose en las más pequeñas, insignificantes en apa­riencia, pero a las que el autor va dando lentamente el relieve y la trascendencia que tienen para expresar un clima, un estado de alma. Al final de la Parte I de la obra, Antonio Azorín recibe una carta de su tío Pascual Verdú quien le relata su vida, sus andanzas abogadiles y políticas, sus aficio­nes literarias, su actual desánimo en la vejez fracasada. Antonio Azorín marcha a Petrel, casa de Pascual Verdú. Aquí em­pieza la Segunda Parte de la obra. Verdú «es alto; su cabellera es larga; la barba la tiene intensa; su cara pulida está ligera­mente abotagada». Dialoga largamente con Antonio Azorín sobre filosofía, sobre esté­tica, sobre poesía. Otro personaje pinto­resco, Sarrio, interviene en la conversa­ción. Sobreviene la muerte de Verdú y Azorín, acompañado de Sarrio, visitan Vi- llena, Alicante, Orihuela, sin dejar de dia­logar acerca de varios temas filosóficos y literarios. El ideal estético de Azorín lo expresa así a una de las mujeres que apa­recen marginalmente en la obra—Pepita— a la que se dirigen las cartas que desde París escribe Azorín y que en gran parte constituyen la Tercera Parte con que se cierra la obra. «La elegancia, Pepita, es la sencillez. Hay muy pocas mujeres elegantes porque son muy pocas las que se resignan a ser sencillas. Pasa con esto lo que con nosotros, los que tenemos la manía de es­cribir: escribimos mejor cuanto más senci­llamente escribimos; pero somos muy pocos los que nos avenimos a ser naturales y claros». La obra termina con nuevas des­cripciones de Levante y La Mancha, fina­lizando con el regreso de Antonio Azorín a Madrid.

G. Díaz Plaja