Alfredo Panzini

Nació en Senigallia el 31 de diciembre de 1863 y murió en Roma el 10 de abril de 1939, es el escritor en que se refleja de un modo más ejemplar la inquietud espiritual y artística que animó la literatura italiana de finales del siglo XIX y primeros decenios del XX. Licenciado en Letras (1886) en la Universidad de Bolonia se dedicó a la enseñanza durante más de cuarenta años, en Milán y más tarde en Roma. Su condición de profesor resume en Panzini toda una personalidad humana, una voca­ción, un destino. Como escritor, sus pri­meras novelas y relatos (Il libro dei morti, 1893, Novelas de ambos sexos (v.); Piccole storie del mondo grande, 1901, etc.) ofrecen una característica postura entre elegiaca, sutilmente irónica y razonadora; una ma­nera entre abandonada y cauta, entre idilio y apólogo. Sus personajes son dioses, héroes y pobres diablos; antiguos sabios, poetas o profetas, y modernos profesores o «intelectuales»; damas y peones, santas y pecado­ras; son, sobre todo, los aspectos y las cosas del mundo creado, el paisaje y los documentos de la historia.

Sin embargo, las formas literarias tradicionales y las del realismo de las que había aprendido los procedimientos, cada vez parecieron a Panzini más inadecuadas a su propia sensibilidad inquieta; y a la oscilación entre lo antiguo y lo moderno había de corresponder en él el contagio de los géneros literarios, mejor dicho, la resolución de uno en otro; y así se afirma en La linterna de Diógenes (v.) de un modo pleno aquel género típicamente suyo, del «viaje», que quedará para siempre como el marco ideal de todos los libros de Panzini; incluso de aquellos que más se parecen a los modos de la narración o de la novela corta tradicional. Es la suya una prosa que, a su modo, realiza lo que había constituido la aspiración de los románticos italianos: una poesía precisamente en prosa, en len­gua «hablada»; y al mismo tiempo supera las exigencias de «pureza» e intensidad ex­presivas propias de la siguiente generación literaria, la de las «experiencias antidannunzianas». Pertenecen a aquellos años Xantipa (v.) y el Viaggio di un povero letterato; pero, en este último libro, una visión de las cosas, en ocasiones algo cansada y amanerada, anuncia ya aquella crisis que inmediatamente después de la guerra se producirá en Panzini.

En efecto, cuando vio Italia dividida por contiendas civiles, y que la sociedad y las costumbres se hacían «demoníacas», creyó que había llegado el fin del mundo, por lo menos espiritualmente. Y do­minando la sensibilidad receptiva del «hijo del siglo», su ironía se convirtió a menudo en sarcasmo y en polémica, dándonos las páginas amargas de Busco esposa, (v.); Il diavolo nella mia librería; El mundo es redondo (v.); Signorine, 1921; ¡El amo soy yo! (v.). Pero, poco a poco pareció ceder aquella crisis, y la imagen de la mujer, poco tiempo antes objeto principal de su malhumor, volvió a encontrar su perma­nente encanto. Y así aparecen La doncella sin doncellez (v.), la fábula de Los tres reyes con Gélsomino bufón del rey (v.) y las páginas venecianas de La sventurata Irminda! (1932); y aquel Beso de Lesbia (v.) que, resumen de todos los motivos caros a Panzini, es por la intensidad de acentos líricos el digno colofón de su arte. A. Bertini